Mostrando entradas con la etiqueta El robo de libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El robo de libros. Mostrar todas las entradas

jueves, 21 de mayo de 2009

Breve manual para robar libros y no sentir remordimiento

Una de las tantas gratificaciones que la Galería de Objetos Encontrados nos da a diario es la ventaja de traspasar fronteras y conocer personas - fantásticas personas - que, al igual que nosotros, tienen la misma pasión por los libros.

Tenemos el gusto de presentar al escritor mexicano Moisés Robles Cruz, quien gentilmente ha compartido su exquisito trabajo con nocotros.

BREVE MANUAL PARA ROBAR LIBROS Y NO SENTIR REMORDIMIENTO

Moisés Robles Cruz

A Don Ventura López, q.e.p.d.

A Clarisa Toledo Luis.

La mañana del viernes 3 de abril de 1993, como prestador de servicio social del Juzgado Segundo de lo Civil en el distrito judicial del centro, me tocó auxiliar al Actuario de la mesa de asuntos pares para llevar a cabo un embargo en el Juicio Ejecutivo Mercantil 344/93. A las nueve en punto pasó por nosotros el abogado que llevaba el caso, recién bañado. Nos subimos a una camioneta que había estacionado en doble fila frente a las puertas del Juzgado.

Ser prestador de servicio social en un juzgado lleva las de perder cuando se trata de cargar, coser expedientes, ir a traer o dejar cosas. El actuario sacó de la gaveta el expediente, tomó su código, hojas blancas, papel carbón y me pidió cargar la máquina de escribir, una Olimpia de tapa blanca que pesaba casi 10 kilos y que ahora debe estar vendida como hierro viejo.

En la cabina de la camioneta, el abogado que litigaba el asunto ofreció llevarnos a comer unas carnitas a Zaachila si terminábamos temprano el embargo. El actuario con su cara regordeta volteó a verme y sonrió haciéndome un guiño. Promesa de por medio, nos perfilamos hasta una casa ubicada al fondo de una vecindad en el centro histórico, desde donde se veían los campanarios de Santo Domingo.

Hecho el trámite el Código de Comercio y la Ley General de Títulos y Operaciones de Crédito establecen para estos penosos casos, “constituido legalmente en el domicilio que se señala como de la parte demandada, y requerido que fue el deudor del pago que por concepto de tá tá tá…” se procedió a trabar formal embargo sobre bienes que bastaran para garantizar las prestaciones reclamadas, como no se encontraba en la ciudad el deudor, según informó quién dijo ser su sobrina, el Actuario al entrar al domicilio procedió a señalar los bienes objeto del embargo, vio un refrigerador destartalado, una estufa repleta de platos sucios y tazas con residuos de café, la casa era un cuchitril, un chaislone mugroso constituía toda la sala; no había nada digno de embargarse.

Al final del pasillo había una puerta cerrada, la sobrina dijo que ahí no podíamos entrar porque ese cuarto tenía llave, realmente no tenía llave, solamente estaba atrancada; al abrirla descubrimos que era una señora biblioteca, libros por todos lados, en las cuatro paredes, de extremo a extremo, desde el suelo casi hasta el techo, sobre banquitos, apilados en dos viejas sillas y en medio de tantos libros y un verdadero desorden, sobre una mesa de madera sólo había un pequeño espacio donde había hojas sueltas, apuntes y una maquinita Olivetti, de esas portátiles que venían en su estuche (para mí, que era quien las cargaba, todas las máquinas de escribir eran portátiles) a pesar de los ruegos de la sobrina para que no tocáramos ningún libro de la biblioteca, el Actuario dijo que con todos esos libros se garantizaba el pago del adeudo y sin hacerle caso a la muchacha me continuó dictando el acta y yo seguí escribiendo. portapapeles04Los dos cargadores, el mismo abogado litigante, el Actuario (a quien el abogado lo llamaba siempre “lic”) y yo empezamos a bajar los libros de los estantes y cargarlos hasta la camioneta.

Por mis manos de estudiante pasaron libros de todo tipo y diferentes editoriales, colecciones, enciclopedias, diccionarios… recuerdo que el Actuario me decía “a ver muchacho, bájame esos libros que están ahí a tu lado, esos grandotes colorados” (como si fueran mangos o ciruelas que se bajan de un árbol) se refería a la colección original de 1888 de “México a través de los Siglos”; “Ayúdame a cargar estos verdecitos de pasta roñosa” (era la colección completa de los Clásicos editada por Grolier) “Estos chiquitos yo creo que los dejamos lic, no han de valer mucho, son de puras caricaturas” (se refería a los libros de Rius).

Recuerdo haber tenido, durante las casi 5 horas que duró la diligencia, libros que iban desde Emecé, Siglo XXI, Porrúa, Lumen, Editores Unidos Mexicanos, Planeta, Fondo de Cultura, toda la biblioteca breve de Seix Barral, Ediciones de Cultura Popular, Espartaco, Jus, Grijalva, Era, colección Austral y la famosa BAC, hasta libros viejos que venían de la librería del Señor San Germán y Julián S. Soto en el Oaxaca del siglo XIX, pasando por las ya desaparecidas ediciones Botas, Dante quincenal y Sepsetentas.

Casi al terminar, el abogado litigante, empapado en sudor se me acercó y en voz baja me dijo: “órale mi lic, chínguese un libro, mire, aquí encontré éste que le puede servir para la carrera” era una edición reciente de “El abogado del diablo”, que no se lee ni por equivocación en la facultad de Derecho.

Nunca supe bien quién era el demandante en el juicio ni quién era el dueño de tantos libros, ignoro por qué no pagó la deuda o por qué nunca acudió a defenderse en el juzgado, sólo recuerdo que al final, cuando ya quedaban pocos libros y los estantes estaban casi vacíos, noté que las hojas que al principio estaban sobre la mesa, ahora estaban regadas en el suelo, levanté este pequeño legajo que en su hoja frontal decía “breve manual para robar libros y no sentir remordimiento” lo que llamó mi atención y me hizo tomarlo antes de salir, bañado de polvo, rumbo a mis clases vespertinas en la facultad.

Hace poco, en un cambio de casa encontré este documento dentro de una caja donde guardo diversos papeles que aún conservo de mi época universitaria. Por si llegara a ser útil a alguien que leyere esto, aquí lo transcribo tal cual:

“BREVE MANUAL PARA ROBAR LIBROS Y NO SENTIR REMORDIMIENTO.

I.- ¿POR QUÉ ROBAR UN LIBRO?

(Parte deontológica en el fino arte del hurto a las librerías)

Un libro es como un hijo para quién lo ha escrito, el autor siempre se queja que cuando alguien roba su libro y no lo compra, él está perdiendo, pero desde el momento en que lo saca a la calle y lo pone a la venta, ese vínculo de consanguinidad literaria se rompe ¿Cómo puede alguien vender un hijo y rebajarlo con un descuento para lograr que se lo lleven? El libro es de quien lo lee, así sea transitorio y fugaz este elemental acto. La posesión bibliográfica es un derecho que legitima la forma en que se obtiene.

Nunca se debe robar un libro si no es para leerlo y darle una utilidad intelectual. Eso es lo que hace la diferencia entre un ladrón vulgar y un ladrón de libros. Aquel es visto con morbo por la sociedad en la nota roja de los periódicos cuando es atrapado por la policía, éste es juzgado exclusivamente por la historia.

Un ladrón de libros siempre es culto. Por eso el primer reto es saber qué libro robar. Nunca se deben escoger por ser los más fáciles o los más pequeños, porque estén a la mano o porque tengan el precio más caro, no, entre el libro y quien lo roba debe existir una relación directa e inequívoca de necesidad: Una necesidad académica (para preparar un examen o aprobar un curso), una necesidad intelectual (para tener derecho a participar en una tertulia, en una buena conversación, en un debate escolar), una necesidad emocional (hay libros, como las mujeres, que desde la primera vez que los miras te llaman la atención) o bien una necesidad sentimental (para poder ganarse el beso impoluto de la mujer pretendida) aunque esto sólo se aplica en los libros de poesía.

De ahí que lo peor que le pueda ocurrir a una librería es ser visitada frecuentemente por un joven, escaso de dinero, basto de emociones y con unas ganas inmensas de amar y leer.

Hay un código no escrito que tuvo auge en la primera mitad del Siglo XX, establece que no hay que sustraer ningún libro de aquellas librerías que acaban de abrir sus puertas, por lo menos en los primeros doce meses en tanto recupera el capital invertido; a esa acción se le conoce en el argot de los ladrones de libros como “año de gracia”. Por el contrario, cuando las librerías cumplen una década, cincuentenario, centenario, sesquicentenario o celebran cualquier jubileo, sus libros son cotizados altamente en este ambiente.

Ese código también establece: Nunca robes un libro de texto gratuito ni te burles de un librero cuyo negocio has visitado varias veces. Nunca platiques tus actividades después de 10 años. Nunca robes por encargo. Nunca robes un segundo libro si no has acabado de leer el primero.

II.- ¿CÓMO ROBAR UN LIBRO?

a) SOLITARIAMENTE.- Son tres las palabras que la escuela clásica recomienda tener presente a los iniciados en esta materia: serenidad, prudencia y habilidad. Aunque hay una corriente contemporánea (conocida como escuela urbana o escuela del profesor Enrique) que añade un cuarto elemento: Cinismo. Lo cierto es que más de un neófito que no ha tomado en cuenta estos puntos, ha ido a parar a la Comisaría. El ladrón de libros debe ser superior siempre a los ojos del policía, de la persona que atiende tras el mostrador, de la cajera, e incluso de las cámaras filmadoras. Desde el momento en que entra a la librería y sabe su propósito, debe saberse superior psicológicamente a todos los que están dentro.

Nunca se debe robar en la primera vez que se visita una librería. Si se logra hacer es suerte, no es técnica, y un buen ladrón de libros no depende del azar.

La “naturalidad” que muchos llaman “sangre fría” es una cualidad genética que no se aprende robando libros de teatro o de política para leerlos; sin embargo controlar los nervios cuando se está frente al dueño del establecimiento o al pasar junto al policía también es una cuestión de disciplina mental.

b) EN CONJUNTO.- El hurto organizado es válido pero demerita mucho la obtención natural del libro. Un buen ladrón, aún en sus peores épocas de estudiante, nunca robará acompañado.

Si se recurre a este método, uno hará el trabajo y el otro servirá como señuelo o “factor de distracción”. Sólo se requiere de coordinación y adoctrinamiento previo, sobretodo cuando uno de los dos que participan está en su camino iniciático y siente “pánico escénico” o se le nota obnubilado. Portando la ropa adecuada, un libro puede ser ocultado en 2 segundos, de acuerdo al estándar internacional aprobado allá por la década de los sesenta.

En cuanto a jurisdicción o competencia, afortunadamente las librerías no son territorio de nadie y el libro es de quien llega primero a él.

III.- ¿DÓNDE ROBAR UN LIBRO?

a) LIBRERÍAS.- Son los lugares idóneos. Toda librería tiene siempre un “lado débil” o “punto ciego”, en las primeras incursiones se debe encontrar este “punto ciego” y lo demás es cuestión de seguir el procedimiento. Cuando el librero está a la ofensiva y tiene experiencia en el contra ataque, pondrá un rincón aparentemente no vigilado, a manera de trampa o “caza-bobos” para que el novato sea presa de su propia inexperiencia.

Es necesario, para “legitimar” la constante presencia en las librerías y no despertar sospechas entre los empleados, adquirir de vez en cuando un ejemplar, siempre de bajo costo. La antigua recomendación que daban los grandes maestros es a razón de un libro comprado por cada cinco libros robados. Esta proporción nunca fue aceptada por las siguientes generaciones.

b) BIBLIOTECAS DE AMIGOS, PARIENTES Y CONOCIDOS.- Lo difícil aquí es encontrar alguien que tenga una biblioteca con buenos libros. Generalmente se les da por comprar sólo enciclopedias y colecciones de mal gusto que nunca leen. Como dijo Emilio Abreu Gómez, gran maestre de la Orden de Visitadores Nocturnos de Bibliotecas, a su paso por las aulas de la Escuela Nacional Preparatoria: “El mundo está lleno de libros malos que parecen buenos”. En el caso de las bibliotecas que tienen en su despacho los abogados, generalmente están llenas de libros que compraron durante su carrera y que nunca vuelven a consultar, de tomos de jurisprudencia y leyes que no siempre están actualizadas.

c) BIBLIOTECAS PÚBLICAS.- Aunque pareciere la excepción de la regla, las bibliotecas públicas requieren de un minucioso examen previo, no tanto por las medidas de seguridad (que siempre son deficientes en todos los edificios del gobierno) sino para justipreciar la verdadera necesidad de sustraer el libro. Cuando un buen libro nunca es consultado por los usuarios y permanece como invitado desconocido en los libreros, está pidiendo a gritos que se lo lleven. Un libro fallece cuando permanece estático como simple adorno.

d) FERIAS DE LIBROS.- Cuando raramente se organiza una buena feria, se deberá aprovechar las horas de mayor concurrencia, utilizando por lo general la técnica del “deslizamiento de mano” que por no ser visual, confunde a los que vigilan y facilita la tarea. El desorden natural en la organización de todas las ferias de libros en México, genera las condiciones óptimas para incrementar el haber. Un librero siempre perderá ante una multitud que pide, pregunta, hojea, toca y compra al mismo tiempo.

IV.- ¿CUÁNDO HAY QUE DEJAR DE ROBAR?

La teoría y los viejos cánones señalan que en el fin de la carrera está la consagración, es decir, todo buen ladrón de libros se retira cuando ya percibe un ingreso que le permite comprar una obra, o cuando no teniéndolo aún, ya no siente la necesidad de que se habló en el punto uno de este documento.

A lo largo de la historia se ha visto que esto no siempre es posible, porque hay algo que no tiene que ver con el ingreso económico. La necesidad de robar se puede volver una adicción y eso siempre genera problemas. Un buen ladrón de libros no se junta con un bibliocleptómano, pero es su deber ayudarlo en su readaptación, si fuere requerido para ello. Se sabe que a la fecha se han readaptado profesores, escritores, investigadores, jueces y abogados que hoy gozan de prestigio en su profesión, y que antaño fueron jóvenes talentos en el latrocinio a librerías.

Cabe señalar, aunque no venga al caso, que un ladrón de libros no es amigo de aquellos que piden prestado un libro y dolosamente no lo devuelven. Esa manera de adquirir libros es mal vista en este ambiente. No devolver un libro que se pide o se ofrece es un absurdo que pone en evidencia al que abusa de la confianza.

V.- ¿CÓMO CURARSE DE LA BIBLIOCLEPTOMANÍA?

Robar libros nunca debe confundirse como un entretenimiento, una prueba de valor personal, un negocio o motivo de apuesta. Provocado por una necesidad intrínseca, se convierte en arte, nunca en enfermedad. Cuando una persona no puede contener su impulso de hacerse de libros, debe curarse, sometiéndose a un tratamiento de acuerdo a los siguientes pasos:”

Hasta aquí termina el documento que tengo, no sé si la siguiente hoja se perdió en aquel embargo o nunca fue escrita por ese autor anónimo, lo cierto es que me hubiera gustado leer la continuación para conocer las etapas de ese tratamiento encaminado a exorcizar a los bibliocleptómanos que, quizás, deambulan hoy todavía por las calles de la Verde Antequera, hambrientos más de libros que de pan y de besos.



La mañana de un domingo de hace algunos meses, leyendo la nota roja del periódico mientras hacía mis necesidades fisiológicas, me enteré de la detención de un sujeto que sustrajo 8 libros de céntrica librería y echó a correr con ellos, siendo alcanzado por los propios empleados del negocio cuatro cuadras adelante y puesto a disposición de unos policías que pasaban en ese momento. La nota, que aún conservo para su análisis, se titula “Ladrón, pero con cultura”.

La fotografía del vulgar e inculto ladrón (ver foto) me hizo recordar el “Breve Manual…” que encontré en el embargo de aquellos años de estudiante, por cuya segunda parte me habían preguntado intrigados mis hermanos y algunos amigos que lo habían leído, incluso, unos llegaron a pensar que yo lo había inventado; motivado por este bochornoso acontecimiento que desprestigia este fino arte, me di a la difícil tarea de investigar en manos de quién había quedado aquel lote de libros que se había embargado, porque sabía que encontrándolos, con mucha suerte era posible hallar la otra parte del Manual.

Así pues, antes de levantarme, ya tenía aprobado mi protocolo de investigación.

Después de un lento e intenso recorrido por el laberinto kafkiano de la burocracia local, que incluye largas filas, siestas intermitentes en la sala de espera de los funcionarios, llamadas telefónicas, escritos “con copia para”, y cuyos pormenores no viene al caso contar, pero que tampoco se lo deseo a nadie (ni al más vulgar de los ladrones) me encontré con que, contrariamente a lo que pensaba, los libros no habían sido adjudicados en remate público y tampoco se habían asignado en depositaría, así que teóricamente los libros deberían estar en alguna bodega.

¿Qué por qué no se me ocurrió ir a investigar en la casa donde fue el embargo? Claro, fue lo primero que hice, pero no tuve suerte; encontré la vecindad con cierta facilidad y al fondo la casa donde yo recordaba que se había llevado a cabo la diligencia, en la cual, después de llamar cuatro o cinco veces a una vieja puerta de madera, entreabrió una abuelita, asomando únicamente parte de su cara, sin responder a mi saludo miró con detenimiento el portafolios que yo llevaba en la mano derecha, y me dijo “¿qué no sabe usted leer?” señalándome con un movimiento de cabeza su ventana, tras cuyo cristal estaba colocado un letrero tostado por el sol que decía: “Este hogar es católico, no admitimos propaganda protestante”

Heme pues ahí, semanas después de haber iniciado mi búsqueda, con la autorización original en mano, a las puertas de un edificio con cara de almacén y cuerpo de nave industrial. Después de la identificación respectiva y previa anotación en una libreta, el agente de la Policía Auxiliar que custodiaba el edificio, me dio su bendición y me permitió el paso a unas enormes galeras húmedas donde había cientos de colchones, camas viejas, refrigeradores, reproductores Beta y VHS, aparatos de sonido conocidos en otro tiempo como “modulares”, trofeos de fútbol despintados, televisores enormes, enfriadores de agua, carriolas, cabezas de venado disecadas, tanques de gas y un sin fin de objetos usados que en los remates mensuales nunca tuvieron postor.

Después de unas horas encontré por fin lo que quedaba de aquella biblioteca embargada 16 años atrás. El cuadro era archivísticamente dantesco (bibliófilamente tétrico): libros desbaratados y amontonados a ras del piso, colecciones revueltas, pastas sueltas, hojas tiradas; era una tumba zapoteca saqueada, eran libros expulsados del paraíso donde una vez estuvieron formados y que ahora sufrían la oscura soledad del purgatorio. Mi labor a lo largo de las siguientes dos semanas, incluyendo sábados y domingos, fue descender hasta el octavo círculo de ese pequeño infierno y tratar de armar el rompecabezas, limpiar, ordenar, apilar y hasta remendar con cinta canela, todo era parte de una búsqueda místico-frenética por encontrar la parte restante del Manual.

Cuando empezaba a darme por vencido y mi paciencia franciscana estaba en sus últimas, aparecieron de pronto entre las hojas de un libro de poesía y prosa del gran Alejandro Gómez Arias, un documento escrito con la misma máquina y el mismo tipo de hoja, amarilla muy delgada, en la que se había escrito el Manual, lo que provocó que intensificara mis pesquisas. Después aparecieron otros documentos similares, no me había equivocado, estaba en la dirección correcta.

En fin, para no hacer el cuento más largo, me concreto ahora a transcribir esta segunda parte que encontré, formada por dos hojitas dobladas a la mitad, dentro de las páginas de un libro que hoy tengo como recuerdo en mi oficina:

“1er PASO. Identificación del enfermo- Es aquel que no respeta los devocionarios de su abuelita, la Biblia abierta que se queda entre misa y misa sobre el atril de la iglesia, ni el librero de su mejor amigo. Ha perdido de vista el fin moral de la lectura.

2º PASO. Aceptación de culpa.- El bibliópata debe aceptar su enfermedad y estar dispuesto a su rehabilitación. A los ojos de su biblioterapeuta, él tiene un padecimiento hasta en tanto no demuestre lo contrario.

PASO. Aislamiento riguroso.- El paciente debe ser aislado de cualquier contacto con librerías, bibliotecas, puestos de periódicos e incluso de los cafés que exhiben revistas para los comensales. Un bibliópata desenfrenado es capaz de llevarse las revistas atrasadas de espectáculos que se leen en las estéticas y peluquerías.

4er PASO. Individualización del método.- Las terapias grupales nunca fueron buenas, el tratamiento es persona a persona, cara a cara, por lo menos mientras dura la cuarentena.

5º PASO. Esterilización del sitio.- Contrariamente a lo que todos suponen, la rehabilitación no debe llevarse a cabo en aquellos lugares donde se expendan bebidas alcohólicas, cualquiera que sea la denominación que adquieran estos sitios: bares, cantinas, antros, peñas, pulperías, vinaterías, tascas, tabernas o mezcalerías. La desvergüenza que en juicio se recrimina, en un par de horas con el alcohol se puede convertir en una verdadera hazaña.

6º PASO. Sentido de la terapia.- La carga ideológica debe ir encaminada a resaltar la utilidad de un libro para la colectividad, la adrenalina del robo debe ser sustituida por la piedad literaria, la congoja editorial o el arrepentimiento.

7º PASO. Regresión natural.- Un paciente, a punto de superar el tratamiento, no puede ser obligado a devolver los libros que forman parte de su haber. Estos son equiparables a insignias de batallas libradas y desprenderlo de estos sería tanto como echar al paciente en un vacío existencial de su juventud o adolescencia.

8º PASO. Convencimiento que todo es por el arte.- Es saludable que el bibliocleptómano esté convencido que con su tratamiento no se pretende la devolución de los libros o el ofrecimiento de una disculpa pública a manera de expiación, sólo se trata de rescatar el arte en este oficio furtivo para que la tradición no se desvirtúe. No habrá recaída que valga si se está convencido de ello.

Ante los tratamientos que parecen imposibles, es válido recurrir a nigromantes o hechiceros para lograr una cura total. Hasta donde se sabe, no existen amuletos que conjuren este vicio.

Para los creyentes, existe una oración impresa sin licencia eclesiástica, atribuida al Papa Pío VII, que a principios del siglo pasado los frailes carmelitas distribuían en las cárceles para que todos los que estaban recluidos por hurto de misales, libros de coro, cuadernos o pergaminos, pudieran rezarla tres veces al día después del Ángelus; la leí muchas veces cuando era niño, fue cuando mi abuela me contó que su hermano estuvo preso en los tiempos del gobernador García Vigil en la cárcel del antiguo convento de Santa Catalina, que hoy es un hotel; la oración dice más o menos así:

“Oh Señor, por tu grandísima misericordia perdona mis debilidades, ata mis manos y cierra mis ojos para que no sean ocasión de pecado y yo respete todo aquello que quiero tener pero que no me ha sido dado en el mundo; dame sólo lo que mis ojos sean capaces de leer sin cometer pecado, purifica mi espíritu como lo hiciste con el buen ladrón, que en el patíbulo alcanzó la salvación a través del arrepentimiento y…ta ta tá ta ta tá. Amén”

Según mi abuela, después se debían rezar 3 Aves Marías, un Yo pecador y un Gloria, hasta donde alcanzo a recordar.

VI.- ¿QUÉ HACER CON LOS LIBROS?

(La fatalidad de la obra hurtada)

Acerca de aquellos que los terminan devolviéndo.- Cuando el sol de la vida está por ocultarse hay quien habiendo dejado el ego intelectual muy atrás, decide regresarlos. Hubo un caso en 1985, días antes del terremoto, en la antigua calle de República de Argentina y Justo Sierra en la ciudad de México, una mañana se presentó en la librería Porrúa un anciano, se quitó el sombrero, puso sobre el mostrador una bolsa de cuero, saludó, dijo su nombre completo y teniendo en frente al gerente le dijo a secas “vengo a devolver estos libros que me robé de aquí hace 55 años”

Acerca de aquellos que los conservan.- Hay en cambio otros que se aferran a ellos, nunca los prestan, cuando los vuelven a leer no les doblan las esquinas de las hojas ni los subrayan, van de un lado a otro junto a ellos en sus mudanzas, más que la vajilla de plata, las copas de cristal de baccarat, la cama o los sillones de la sala, les interesa que lleguen bien los libreros y no se pierdan los libros.

Acerca de aquellos que los regalan.- Hay otros que los regalan, se van desprendiendo de ellos poco a poco, les van diluyendo el afecto y si los prestan nunca reclaman su devolución; los ven como algo cada vez más lejano conforme pasa el tiempo hasta que de esos libros no se vuelve a saber nada.

Acerca de los libros que terminan regresando solos.- No sé si me crean, pero hay libros que cuando nacen (quiero decir, cuando salen de la imprenta) ya traen un destino, una fatalidad, una predestinación, un fatum. Tarde o temprano tienen que encontrarse con su lector, que no siempre es su dueño; así, hay libros que se pierden, se olvidan en un lugar, se extravían en el tiempo, y sólo aquellos a los que me refiero vuelven a casa (quiero decir, a las manos de su lector), de muy extrañas formas, no se sabe cómo pero vuelven. Nadie debería dudar de esta certeza.

Un domingo fui al mercado de la lagunilla en el centro de México, tras andar curioseando terminé comprando un calendario del más antiguo Galván del año 1969, porque extrañamente ahí viene la predicción sobre el arribo del hombre a la luna; el vendedor no tenía cambio y a cuenta me dio un librito muy viejo de pasta dura y lomo de piel.

El libro era “Tratado para la conservación de la planta del café”, en el interior tenía pegados dos ex libris con iniciales diferentes y en otra hoja venía estampado un sello ¿Quién de los tres había sido el primer dueño? ¿Quién lo robó, quién lo regaló, quién lo vendió a quién? En la última hoja, un nombre manuscrito en tinta sepia que me era familiar, arriba de la inscripción: “Finca Las Flores, Pluma Hidalgo, Oaxaca, año de 1904”. Era mi bisabuelo y era el año en que falleció.

No sé cómo llegó hasta el mercado de la lagunilla tantos años después, pero volvió a mi, por eso sé que aunque se vayan, hay libros que siempre terminan regresando”.

Aquí termina la trascripción de este Breve manual para robar libros y no sentir remordimiento.

Moisés

mroblescruz@hotmail.com

fuente:

http://otrashistorias.canutolibros.com/2009/05/breve-manual-para-robar-libros-y-no-sentir-remordimiento/

jueves, 14 de mayo de 2009

Regresarán a Yucatán libros virreinales, tras un caso de robo del patrimonio histórico


Metió los ejemplares en varias cajas de huevo; apenas podía cargarlos. Tomó un taxi y se dirigió al servicio de paquetería con la intención de enviarlos a España. Cuando bajaba del auto pasaron junto a él varios miembros de la Policía Federal Judicial.

No pudo evitarlo, su nerviosismo lo delató. Y al verlo tan sospechoso e inseguro, la Policía se acercó a ver qué estaba descargando: los depósitos de cartón iban repletos de libros antiguos.

Era el 2001. Roberto Ortega Olmos llevaba 57 libros virreinales que había extraído clandestinamente entre 1999 y 2000 del Archivo Notarial de Yucatán y de otras dependencias como el Centro de Apoyo a la Investigación Histórica de Yucatán –instancias que no habían notado el saqueo–, con la intención de venderlos en el extranjero.

El golpe de suerte de la Policía impidió que se traficaran estos documentos que datan de 1715 a 1827, y que corresponden en su mayoría al periodo colonial, aunque algunos también lo son del México Independiente, explica Oscar Kemp Zamudio, asesor jurídico de la Representación del Gobierno de Yucatán en la ciudad de México, quien llevó a cabo los trámites para recuperar los documentos una vez que fueron localizados.

Tras ser detenido en el Estado de México, por violación a la Ley Federal sobre Monumentos Arqueológicos, Artísticos e Históricos, así como por posesión de bienes nacionales, se inició la averiguación previa 130/2001-2, frente al Ministerio Público de Ciudad Nezahualcóyotl.

Kemp puntualiza que la pena máxima que debía cumplir por estos delitos, es de 10 años, sin embargo, el presunto ladrón salió de prisión un mes más tarde, después de pagar una fianza de 60 mil pesos. Actualmente Ortega Olmos se encuentra prófugo y las autoridades continúan con su búsqueda.

Los volúmenes fueron asegurados por parte del ministerio público que lleva el caso, pero al ser objetos del delito no se había podido tramitar su devolución, sin embargo, el ex representante de Yucatán en el DF, Jorge Carlos Ramírez Marín, comenzó a buscar la manera de recuperarlos, así que se promovió un incidente no especificado (procedimiento para su recuperación sin interrumpir el procedimiento judicial que lleva a cabo Ortega Olmos), de tal modo que se nombrara como depositario al Gobierno de Yucatán.

Actualmente se encuentran bajo la custodia del Archivo General de la Nación (AGN) por ser el organismo capacitado para proteger este tipo de documentación, instancia que hará la entrega formal de los títulos al Archivo General del Estado de Yucatán, en cuanto pase el periodo de emergencia en la Ciudad de México, debido a los brotes de influenza.

"De acuerdo con la investigación, los tomos sustraídos fueron rescatados antes de que el ladrón lograra su objetivo de trasladarlos a la ciudad de Cádiz, España, donde ya se tenían los microfilmes del contenido de esas obras y documentos de los siglos 17, 18 y 19, por lo que solamente esperaban el arribo del lote.

"Posteriormente se les resguardó en el Archivo General de la Nación, donde permanecen desde entonces y de donde saldrán lo antes posible para ser enviados a Yucatán, tras un prolongado juicio cuyo resultado favoreció al gobierno de dicha entidad", detalla Kemp.

Debido a los avatares que han pasado los documentos, el abogado informa que su estado actual no es el óptimo.

"Necesitan una intervención para que sean reestructurados. No es que estén maltratados, sólo que algunos presentan microorganismos y daños pequeños que requieren de atención. Estos trabajos preventivos seguro serán realizados en el Archivo General de Yucatán", informa.

Ejemplares valiosos

El Archivo General de la Nación devolverá al Archivo General del Estado de Yucatán, 57 libros de la época virreinal, con información sobre ventas, hipotecas, diezmos, dotes, testamentos y datos de índole notarial de esa entidad.

Los documentos resultan esenciales dado que, tras la destrucción de documentos coloniales, el acervo que queda al respecto es muy limitado.

En ellos es posible encontrar desde notas del ex presidente Antonio López de Santa Anna, y cuya firma aparece al calce de algunos hechos cuando era el Gobernador en la entidad, hasta documentos que acreditan el arribo de embarcaciones a la península.

"También dan cuenta puntual de la llegada, compra y venta de esclavos", informa el abogado Oscar Kemp Zamudio. "Hay textos del Registro Público de la Propiedad del estado que fueron escritos en lengua maya, lo que significa que desde aquellos tiempos esa lengua materna era válida para efectos legales".
Autor/Redactor: Dora Luz Haw/ Reforma
Editor: Manuel Zavala y Alonso
http://www.arts-history.mx/semanario/index.php?id_nota=05052009124725

Un bibliotecario robó 3 mil libros durante 10 años: se murió y lo descubrieron por culpa de su viud


Pasaron 30 años para que la Biblioteca Real de Dinamarca develara el misterio de la desaparición de tres mil textos de altísimo valor. Los robó un ex empleado, su viuda quiso venderlos y la descubrieron.


"Como en un thriller de Umberto Eco", comentó el diario "Politiken" de Copenhague, Dinamarca, luego de que se destapara un robo “hormiga” sin precedentes. Miles de libros de valor incalculable habían sido sustraídos de la Biblioteca Real Nacional en la capital danesa. Pasaron nada menos que 30 años sin ningún indicio sobre la desaparición de unas 3.200 piezas, entre ellas manuscritos del filósofo Immanuel Kant y varios atlas del siglo XV, pero el afán de lujo de la viuda alemana de un bibliotecario y sus hijos daneses aportó de repente claridad sobre un caso que parecía perdido.

La mujer y otros tres sospechosos están en prisión, luego de que en septiembre la prestigiosa casa de subastas londinense Christie's (http://www.christies.com) llamara a Copenhague para averiguar si algunos de los libros antiguos que se le habían ofrecido por tres millones de coronas (547.000 dólares) provenían de la Biblioteca Nacional danesa. Desde entonces, para los investigadores todo fue un juego de niños. En casa de la oferente, al norte de Copenhague, la policía encontró sin grandes esfuerzos 1.650 libros en 74 cajas de mudanzas: la mitad de las piezas desaparecidas desde hace más de un cuarto de siglo.

No se necesitó investigar mucho. El único ladrón pudo haber sido el esposo de la oferente, que entre 1960 y 1970 trabajó en la biblioteca como especialista en temas orientales. Consternados, los periodistas daneses calcularon que el hombre, considerado respetable, sincero, intachable y simpático por sus colegas, se llevó al menos un libro valioso por día durante diez años. En la selección de las obras aplicó un criterio claro: dinero. En aquel entonces, para disgusto del personal, se sospechó de todo elmundo, pero nunca del verdadero ladrón.

“De acuerdo con los valores actuales, el botín cotiza entre 150 y 300 millones de coronas (25 y 50millones de dólares), comentó el jefe de la biblioteca”, Erland Kolding Nielsen que contó que entre los textos desaparecidos, hasta entonces apenas asegurados contra robos, se contaban las primeras ediciones de Martín Lutero y de los astrónomos Johannes Kepler y Tycho Brahe, entre otras reliquias.

El ladrón tuvo los nervios suficientes de guardar su botín durante casi 20 años, antes de ofrecer al mercado los primeros libros poco antes de su muerte. La policía sólo fijó su atención en ese hecho cuando la viuda alemana, su hijo, su nuera y un conocido se dirigieron con la mercancía directamente a Christie's.

"Eso fue incomprensiblemente tonto", dijo asombrado el rematador danés Sebastian Hague Lerche en declaraciones a "Politiken".

Queda por averiguar si el fallecido actuó solo o tuvo cómplices. La policía encontró también algunos textos robados en casa de un amigo de la viuda en Alemania, y hasta se habló de una posible mafia especializada en libros. "Politiken" marcó una importante diferencia entre la historia real ocurrida en Copenhague y la inventada de "El nombre de la rosa" del italiano Eco, en la que también se trata de robos misteriosos de libros en la biblioteca de un monasterio: “A fines de la Edad Media los robos ocurrían porque los libros eran considerados peligrosos, en el caso del ladrón de Copenhague, en cambio, eran terriblemente valiosos”.

Fuente: DPA
Referencia: http://www.clarin.com/diario/2003/12/12/t-674971.htm

Saqueo de incunables en Cuenca La catedral y el seminario sufren el robo sistemático de libros de gran valor

El robo ha sido sistemático. Durante los últimos 25 años alguien, aún no se sabe quién, ha estado hurtando libros de valor incalculable de las bibliotecas del seminario y la catedral de Cuenca para ponerlos a subasta y sacarse unos miles de euros. Ese alguien se los daba a José Francisco Javier Real Rolania -un hombre que fue detenido en 1981 por robar mapas antiguos en la Biblioteca Nacional-, quien los depositaba en la sala de subastas Durán, la de la calle de Serrano de Madrid, para venderlos. Durante esos años, han desaparecido 735 libros, 12 de ellos incunables. Lo curioso es que el canónigo de la catedral de Cuenca Clementino Sanz y Díaz fue procesado en 1985 por haberse llevado desde 1968 un millar de libros antiguos. Algunos los vendió a la Biblioteca Nacional. Una almoneda.

El rastro de los libros robados fue localizado por la Guardia Civil durante una inspección rutinaria en salas de subastas. Los agentes de Patrimonio Histórico comprobaron que el tal Real Rolania era quien había depositado allí los libros. Al cotejar sus datos, supo que Real Rolania era el presunto autor de la sustracción de varios valiosos mapas, datados entre los siglos XVI a XVIII, en la Biblioteca Nacional de Madrid. Fue en 1981 y para conseguir el botín había falsificado un carné de investigador. Luego, con una cuchilla, cortó los mapas, los ocultó bajo el abrigo y se los llevó.

La Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil cotejó el Catálogo General de Incunables y llegó a una certeza: 42 ejemplares de los siglos XV al XVIII, entre ellos 12 incunables (confeccionados desde la invención de la imprenta en 1440 hasta principios del XVI) procedían de la Biblioteca del Seminario Conciliar de San Julián de Cuenca y de los fondos bibliotecarios de la catedral. A algunos libros les habían borrado el sello de la biblioteca de procedencia por medios químicos, pero a otros se los habían recortado. A una obra de Erasmo de Rotterdam, por ejemplo, le habían cortado el sello en la página 1, pero también en la 21 y la 121.

Real Rolania fue detenido, pero había que determinar cuántos libros faltaban, ya que los bibliotecarios conquenses lo ignoraban. Un equipo del Grupo de Patrimonio tuvo que revisar las bibliotecas, con más de 40.000 volúmenes. Faltaban 735. Los investigadores han recuperado 249, la mayoría de los cuales se han requisado a quienes los compraron en subasta. Éstos, si desconocían la ilicitud, tendrán que reclamar la devolución del dinero al subastador. Sólo un lote de seis incunables fue vendido por 120.000 euros. Otros 280 libros están localizados (uno en Reino Unido y otro en Suiza). Del resto, ni rastro.

El trabajo de investigación sobre el saqueo ha sido presentado durante un seminario sobre tráfico ilícito de bienes culturales, que ha organizado la Guardia Civil en Madrid, con 40 representantes de 24 países y de organismos como Interpol, Europol o la Unesco. Allí se han cambiado cromos sobre cómo localizar estos bienes y sobre cómo cooperar para ello.

Pero queda la gran duda: ¿quién sacó esos libros? Aún no se sabe. El arrestado no tenía acceso legal a esos centros. La Guardia Civil ha visto en sus archivos que el ex canónigo archivero de la catedral Clementino Sanz y Díaz fue condenado en 1985 a cuatro meses de arresto mayor, por un delito de hurto continuado, con la circunstancia agravante de abuso de confianza. Se había llevado entre 1968 y 1981 708 volúmenes impresos y 37 manuscritos. Entonces vendió tres libros a la Biblioteca Nacional por 400.000 pesetas. Dijo que los había adquirido por 5.000 pesetas en el Rastro. Lo dicho, una almoneda.

Referencia: http://www.elpais.com/articulo/ultima/Saqueo/incunables/Cuenca/elpporcul/20051201elpepiult_1/Tes

Los libros más robados

Los libros más robados
Un reportaje publicado en El Mercurio de Chile indica que los métodos de robo en la librerías se han refinado al punto de que los sensores electrónicos –cuando los hay- ya no son suficiente ayuda. Los ladrones han adquirido nuevas técnicas para sustraer los libros y también se han especializado en lo que se roban. Los objetivos más apetecidos son bestsellers, novelas de culto y textos de estudio. Según el informe, existen tres tipos de ladrones: “El primero de ellos es el ladrón ocasional, que roba cuando tiene la oportunidad de hacerlo. Ve un libro que le llama la atención, y si puede sustraerlo sin ningún problema, se lo lleva. Y ni siquiera hace una compra para disimular. La segunda categoría es la del ladrón ilustrado, que quiere leer un libro, pero no le alcanza el dinero; es tal su desesperación, que termina robándoselo. En la última categoría, la más despreciable según los libreros, están los ladrones por encargo, que reducen la mercadería en bazares populares, por menos de la mitad del valor del libro”. En 2006 los libros más robados fueron los siguientes: “Los detectives salvajes” de Roberto Bolaño, “El código Da Vinci”, “Inés del alma” de Isabel Allende, “El álgebra de Baldor” y “Atlas de anatomia” de Frank H. Setter.

El reportaje completo se puede leer en: http://diario.elmercurio.com

Referencia : http://www.cerlalc.org/secciones/publicaciones/boletin_red_de_librerias/boletin_18/noticias.htm

Robo de Libros

Robar libros no tiene nada de romántico

Por ÁNGEL BERLANGA

Del otro lado del mostrador, los libreros que sufren económicamente los afanes literarios de los escritores, coinciden en una cosa: el romanticismo de robar libros se acabó. No existe más el ladrón amante de la literatura que roba ese libro que tanto deseaba y que no puede comprar porque vive, bohemio, en alguna pensión perdida de San Telmo o Constitución. Nada de eso. Según los libreros consultados por Radar, ahora los robos están organizados minuciosamente. Por ejemplo, con maletines o bolsos especialmente forrados con aluminio para evitar que suene el mecanismo de alarma a la salida, o con estrategias de distracción en las que intervienen varias personas. Pero estos ladrones no roban por amor al arte sino que lo hacen -como lo hacen con cualquier mercancía- por su valor de reventa.

“Ojalá nos robaran un libro por día para uso personal”, se lamenta Luciano Levín, encargado de Librería Gandhi con diez años en el oficio. El robo es uno de los problemas clave en el manejo de esa librería, de las más tradicionales de la calle Corrientes, que pierde unos 1.000 pesos semanales en manos de los profesionales del hurto. Levín cuenta que alguna vez llegó incluso a armar un ranking con los libros más robados allí, en el que figuraba al tope Eduardo Galeano con “Las venas abiertas de América Latina” seguido por Borges y Saramago, y lecturas más clásicas para adolescentes como Jack Kerouac o Charles Bukowski.

Pero la cosa ha cambiado de escala. “Acá nos han llegado a robar de un saque los veinte tomos de las Obras Completas de Freíd”, dice Levín. “Otra vez fui al estand de Anagrama y vi que faltaba todo Ian McEwan”. Algo está claro, los robos los hace gente que vive de esto y lo robado no va a parar a la biblioteca de un fanático. O al menos no directamente: “Una vez me pasó que me faltaron 40 libros de Asterix y después los encontré en uno de los parques donde se venden usados, con el precio en la primera página escrito a mano por una compañera”, dice Levín, quien termina con un dato concluyente: “Si vas un domingo temprano a los parques (donde se revenden libros no-siempre-usados) vas a ver a tipos con handy levantando pedidos”. Para completar el panorama, Carlos, vendedor de Prometeo Libros, cuenta que si bien por las dimensiones del local que atiende en la calle Corrientes no sufren robos sistemáticos, sí ven la otra parte de la cuestión: cada día se aparecen seis o siete personas ofreciendo “libros usados”?, claramente “levantados” en otras librerías de la zona.

Por su parte, para Miguel de Ávila, de la Librería de Ávila (ex Librería del Colegio), otro de los clásicos porteños, lo del ladrón por necesidad literaria también es apenas un sueño romántico del que ya despertamos. “El ladrón hoy está institucionalizado, hay familias bien organizadas, con sus reducidores y todo. Ellos saben perfectamente bien qué robar, y ninguno roba para leer. Aquello que podía sonar simpático o contracultural, ya no existe. Hasta se roba por encargo, como sucede con el Código Da Vinci o las Obras Completas de Borges, que tienen la salida asegurada”, afirma De Avila. Respecto de la cantidad de libros perdidos, De Avila sostiene que no puede hacer el cálculo porque es difícil determinar el faltante en un local con 150.000 libros. Pero, a ojo, no es poco lo que falta.

Y, aunque hay anécdotas de peleas a golpes de puño entre libreros y ladrones literarios, tanto Levín como de Avila coinciden en que estos descuidistas no son violentos, entre otras razones posibles porque saben que gozan de una relativa impunidad: lo único que pueden hacer los libreros es decirles que no aparezcan nunca más, amenazarlos levemente y finalmente dejarlos ir. Además de la profesionalización del robo, los libreros destacan como novedad la participación de chicas en el asunto, aprovechando que “el librero tiene fama de baboso”, según Levín.

Como sea, la cuestión del robo se ha puesto tan peliaguda que constantemente se piensan mecanismos para burlar a los ladrones. La cadena de librerías Cúspide, aunque sufre de un modo desigual el robo en sus distintos locales (la sucursal de Corrientes al 1300 es una de las preferidas, mientras que a la de Corrientes al 1200, un local chico, apenas si logran robarles algo de vez en cuando), tiene pensado contratar un servicio especial de empleados sólo para controlar el afano, gente a la cual se le paga sólo por mirar y ver que nadie se vaya sin pagar. Este método preventivo es el que le está dando muy buen rédito a la librería y disquería Zival`s, en la esquina de Corrientes y Callao. Según cuenta el vendedor Daniel Lago, desde que incorporaron a una persona “de civil” que vigila a los sospechosos los libros afanados se redujeron a la mitad. Lago cuenta que ha detectado otro modus operandi al que recurren los ladrones no-espontáneos: arrancan de los libros los parches que hacen sonar las alarmas, luego dejan los libros con prolijidad en un lugar convenido para que después aparezca alguien impecablemente vestido y complete la faena.

Tomado con autorización de
http://www.pagina12web.com.ar/suplementos/libros

Referencia :

http://www.cerlalc.org/nuevo_boletin/08/RedLibreros10/noticias6.htm