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jueves, 28 de noviembre de 2013

La nueva era de las librerías


Los espacios independientes se transforman para afianzar su futuro

Primavera de 2011. La escritora Ann Patchett se embarcaba en la promoción de El corazón de la jungla.Viajaría por Estados Unidos primero, luego a Reino Unido y Australia. Cuando llegó a Melbourne todo el mundo le preguntaba —en lugar de por su nueva novela— por Parnassus Books, la librería que estaba a punto de abrir en Nashville. ¿No sabía que las librerías independientes tenían los días contados? ¿Que los libros en papel estaban condenados a desaparecer? ¿Que ese tipo de lectura había muerto? Al enterarse de la asombrosa noticia, medios de todo el mundo, desde Alemania hasta India, solicitaron entrevistas para interrogarle sobre las razones de la heroicidad. A los treinta y tantos, Patchett se pagaba el alquiler escribiendo artículos de tendencias para revistas femeninas de las que aprendió una provechosa lección: estendencia aquello que tú decides denominar tendencia. “La librería independiente ha vuelto”, repitió a todo periodista dispuesto a escucharla. La autora relató la hazaña en un artículo publicado en The Atlantic que tituló La librería contraataca.
Y parece que así es. En 1995, un año después del lanzamiento deAmazon, que aspiraba a ser la mayor librería del mundo, en Estados Unidos había 7.000 establecimientos independientes, según laAmerican Booksellers Association. En 2009, el sector tocó fondo y solo sumaban 1.651, pero desde entonces no han dejado de crecer: el año pasado ascendían a 1.900 y festejaban un incremento del 8% en sus ventas con respecto a 2011.
En España la librería independiente resiste y se transforma. Según el censo actualizado que acaba de presentar la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL), en estos momentos hay un total de 4.336 establecimientos. “Si tomamos 2008 como momento álgido de la economía del libro, la bajada se ha mantenido y, últimamente, acelerado [según el INE, en este último lustro el mapa se ha reducido en un 21,5 por ciento]. La librería siempre ha tenido una economía modesta, con unos márgenes muy ajustados que ahora se han reducido por la pérdida de poder adquisitivo y la descarga gratuita”, razona Juan Miguel Salvador, librero y tesorero de la CEGAL. Pero en este presente generalizadamente sombrío, añade, también existen razones para el optimismo: “A pesar del mal momento están surgiendo nuevas tipologías de establecimientos como, por ejemplo, los que combinan librería y cafetería, proyectos muy vocacionales que nacen con un carácter cultural fuerte. Es cierto, y es preocupante, que cierran librerías de fondo y abren espacios donde la presencia de libros es inferior, pero no deja de ser un síntoma positivo que hay que celebrar porque, en definitiva, es sangre nueva para el sector”. 
“Recíclate, recíclate”, le repetían a Eva Boj, veterana librera con experiencia en grandes superficies como la Fnac o librerías independientes como la desaparecida Rumor, que abrió hace seis meses Atticus-Finch. “Yo creo en la librería. Sé que montar una es un gesto de valentía, pero no creo en esta burbuja de miedo: siempre habrá gente interesada en leer. De la forma que sea”. Boj optó por el autoempleo e invirtió sus ahorros en un café-librería en el barrio madrileño de Conde Duque. Desde el principio tuvo claro que apostaría por ese modelo porque es lo que ella pide a una librería: un lugar donde sentarte a leer, tomar un café, escuchar música y conectarse a internet. “Los tiempos han cambiado y la librería que solo ofrece libros no atrae al cliente. Ahora queremos que sea un centro de reunión”, asegura. Ella también comparte la preocupación de la CEGAL: “Sería una pena que se perdieran esas librerías de fondo: en Rumor teníamos 40.000 títulos”. En Atticus-Finch, en torno a 3.000: Boj ofrece selección. “Antes de la apertura me pasé un mes leyendo listados de libros y tachando títulos. Todos los libros que están en la librería son los que me encantan. La mayoría los he leído y los que no son de autores que me gustan, acaban de publicarse y aún no me ha dado tiempo”. La librería tiene 48 metros cuadrados y, como no tiene escaparate, sus recomendaciones lucen en el escaparate de la vinoteca vecina, De Vinos, o en el restaurante García, donde han colocado un mueble rebosante de libros con el sello Atticus-Finch. “Me instalé en este barrio porque está renovándose, hay mucha gente joven y parejas con niños, un perfil desatendido en la zona. Muchos de los establecimientos son bastante nuevos, fundados de hace dos años para acá, así que colaboramos mucho entre nosotros. Hacemos barrio”.
“Se está produciendo una vuelta al trato personal, al librero de cabecera”, asegura Paco Goyanes de la librería Cálamo
En el repunte de las librerías independientes estadounidenses —que representan el 10% del mercado— tiene mucho que ver el auge del movimiento buy local, que defiende un consumo de cercanía beneficioso para la comunidad. A la suya, que cuida desde hace 46 años, debe lalibrería Gil de Santander la relativa placidez con la que está sobrellevando la crisis. “Nos hemos apoyado mucho en la venta al público, no en las institucionales”, explica Paz Gil Soto, que continúa junto a sus hermanos el oficio de sus padres, que abrieron la primera librería-papelería en 1967. Siempre han intentado que sus tres establecimientos fuesen espacios agradables, que sus libreros leyesen mucho para luego recomendar bien a los lectores y que su agenda de actividades fuese variada: “Organizamos presentaciones, cuentacuentos, tenemos un club de lectura en inglés, otro de filosofía básica y acaba de arrancar un taller de poesía al que se apuntaron 27 personas. Hoy tenemos una conferencia del hispanista Anthony Clarke sobre George Eliot y mañana viene Benjamín Prado”, enumera. Y ya le está dando vuelta a actividades futuras: “Estoy pensando en la especialización, quizás apostar por los libros de cocina y hacer cursos, organizar trueques de libros. Es importante innovar”.
El próximo 29 de noviembre es el Día de las Librerías, efeméride que la CEGAL impulsa desde 2011. En Reino Unido —donde cada semana cierra un establecimiento, según la Booksellers Association— sigue en marcha la campaña Books are my bag. En Alemania la iniciativa se denominó Vorsicht Buch! Todas ellas son una celebración de la librería, un recordatorio de la vigencia del libro de papel, un rechazo frontal a la presunta obsolescencia de la función prescriptora del librero. Todas ellas ofrecen descuentos especiales, horarios ampliados y actividades especiales. “Todavía no hemos logrado que la sociedad entienda que la librería forma parte del entramado cultural, que no somos meros comerciantes, que aportamos un valor añadido. La programación de las librerías españolas supera en cantidad y calidad a la de la mayoría de centros culturales de este país”, apunta Paco Goyanes de la librería Cálamo de Zaragoza, que acaba de celebrar sus 30 años de existencia. A pesar de la caída de las ventas, de que trabaja más que nunca, Goyanes empieza a entrever una tendencia esperanzadora: “Es difícil de valorar porque estamos en un momento de gran debilidad, pero creo que se está produciendo una vuelta al trato personal, al librero de cabecera”. Y ese es el camino, apunta Salvador, el principal activo de la librería para atar su futuro: “Lo valioso es lo que se produce en la interacción, no renunciamos a la presencia online, pero buscamos el encuentro, la conversación. Debemos reivindicar la dimensión física de las librerías, que son sitios donde ocurren cosas”.
Para que la forzosa resistencia de la librería se transforme —lo antes posible— en holgada supervivencia en la CEGAL están trabajando en un sello de calidad para los establecimientos y en un plan de apoyo —el Ministerio de Cultura se ha comprometido a desarrollarlo antes de que termine la legislatura—, que acerque la realidad de la librería española a la de la francesa, donde están convencidos de la importancia de los libros y de las librerías. El pasado junio su ministra de Cultura, Aurélie Filipetti, avisó a Amazon de que no toleraría que su “competencia desleal” y “piratería fiscal” hiciesen mella en el tejido librero francés. Y a principios de octubre cumplió su promesa: desde entonces debaten una propuesta de ley para prohibir que gigantes del comercio electrónico como Amazon o la Fnac ofrezcan descuentos del 5% sobre el libro —el permitido por ley— y, además, gastos de envío gratuitos.
Evidentemente, no se espera una reacción similar, pero con apoyo gubernamental el futuro sería menos incierto. Prometedor incluso. Aunque hay algo que el sector debe asimilar, opina Salvador —como librero, aclara, no como portavoz de la CEGAL—: “El gran desafío es asumir que el montante de la industria editorial se ha hecho más pequeño. No vamos a volver a 2008 y en ese escenario tendremos que encontrar la sostenibilidad económica y social”.
Jorge Carrión mantiene desde hace más de 15 años un archivo consouvenirs —tarjetas de visita, folletos, postales, catálogos, bolsas…— de todas las librerías que visita. Tenía otro, mucho más modesto, de libros sobre librerías. “Este fue más fácil porque apenas hay libros de no ficción sobre la materia. Me di cuenta de que alguien tenía que escribir un libro como Librerías, un monográfico de la historia de las grandes librerías y de los libreros, que uniese la tradición textual con mi archivo de viajes”, relata. El libro, que quedó finalista en el Premio Anagrama de Ensayo, no debe entenderse como una concesión a la nostalgia de un mundo que desaparece, al contrario, Carrión desconfía de mensajes apocalípticos, pero considera que, en el futuro, las librerías deberían reivindicar su importancia. “¿Por qué yo no sé en qué librería de Madrid compraba sus libros Juan Benet o Valle-Inclán? ¿Por qué no se crea un discurso cultural y turístico sobre las librerías? Cuando hacemos la ruta de los cafés en Madrid, ¿por qué no incluimos las tres o cuatro librerías que puedan sobrevivir de esa época? Supongo que porque ellas mismas no han tenido conciencia de su importancia histórica o porque hasta ahora les ha ido bien el negocio y no han reaccionado. Pero si vamos a City Lights es porque forma parte de la historia de San Francisco y porque está en la Lonely Planet. El patrimonio también debería tener en cuenta la librería”.
A finales de 2010, Nashville, ciudad que supera los 600.000 habitantes, amaneció sin librerías —solo sobrevivieron las de viejo—. Si Ann Patchett decidió abrir Parnassus Books fue porque no quería vivir en una ciudad sin librerías y, también, porque quería un espacio donde vender sus libros: aún no se ha inventado un mejor escaparate.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Edición y librerías: abordar juntos la crisis


Edición y librerías: abordar juntos la crisis

Las librerías están muy tocadas. Y la edición también. Los últimos meses han visto el cierre de un número considerable de estos puntos de venta, y los comentarios que se escuchan de los comerciales ahondan en la idea de más cierres a corto plazo. La edición tiene que entender que una producción a la escala como la que se está haciendo es imposible de sostener por las librerías. Me da que pensar si no habría que poner cupos a la producción para estar en las librerías. El espacio de librerías es finito y la producción tiende a infinito. Por tanto, el modelo es insostenible. Y hay algunos temas en los que considero que la edición puede echar una mano a la librería.
Por un lado, y para facilitar la venta a bibliotecas públicas, ofrecer los libros en depósito y se facturan cuando las bibliotecas pagan. Y por otro, el compartir la escala de descuentos. Digo esto porque hace unos días dos libreros de dos ciudades diferentes me comentaron el mismo problema. Ambos tenían pedidos de bibliotecas a 14 ejemplares de cada de unos 80 títulos y me decían:
—No sé pero creo que no los voy a servir, los tengo que pagar al distribuidor a 60 días y cobraré a 10 o 12 meses. No tengo capacidad financiera para aguantar 5 o 6 pedidos como estos.
Yo le señalé:
—Habla con tu distribuidor y que te haga un depósito de esos títulos. Si lo hablas previamente con cada editor te lo facilitarán. Los libros en los almacenes del editor no ganan cuerpo como el vino. Y otra cosa. Podemos compartir la escala del descuento a realizar a la biblioteca: 5% el librero, 5% el distribuidor y 5% el editor. Así ganamos todos y no se pierde ninguna venta.
El problema que se plantea de fondo no es ni más ni menos que la limitada capacidad financiera de aguante de las librerías independientes, y la carencia de un pacto abierto entre los distintos eslabones de la cadena del libro en circunstancias tan delicadas como las que atravesamos. Se imponen a mi juicio varias cuestiones a cerrar de manera inmediata:
  • Pacto Nacional por el libro.
  • Plan Nacional de Defensa de la Librería.
  • Congreso Nacional del Libro.
  • Grupo de trabajo sobe la reinvención de la librería.
  • Plan anticrisis para incentivar el consumo de libros en librerías.
  • Formación de un sello de calidad para librerías.
  • IVA cero en el libro (digital o papel, y si no es posible por imposición de Bruselas, el superreducido tanto en papel como digital).
  • Deriva de todas las compras institucionales hacia las librerías de planta a calle.
  • Retirada de los carritos de compra de las webs editoriales.
  • Apoyo financiero y medidas de desgravación, fondos ICO de créditos blandos, apoyo por desgravación a la política de alquileres en los barrios para librerías.
  • Código de buenas prácticas del sector.
  • Apoyar la agrupación de las librerías en cadenas.
  • Formación de redes y comunidades: lectores-librerías-edición independiente.
  • Puesta en marcha de un canal de televisión sobre el libro en Internet Constitución de un centro nacional de formación en torno al libro de carácter intergremial.
  • Puesta en marcha a partir de DILVE de una plataforma de ebooks de libreros y editores independientes, tanto con descargas como en la nube para la venta a bibliotecas públicas y académicas.
  • Campaña de explicación de la propiedad intelectual y de por qué hay que comprar en librerías con presencia de libreros y editores en colegios e institutos, mediante charlas periódicas.
Para finalizar, reitero que la defensa de las librerías no pasa tanto por discursos ampulosos como por el desarrollo de arquitecturas organizativas y estructurales del sector y sus mercados mucho más complejas. Y en este reto la edición independiente debe comprometerse.
Hace unas semanas leí que el Gobierno Británico había encargado un estudio (Informe Mary Portas) sobre el futuro de las calles comerciales, y entre las recomendaciones del informe aparecían la conveniencia de abrir librerías en esas calles reduciendo las rentas y alquileres a ese tipo de comercio equilibrando así la competencia de los minoristas de Internet, facilitando el parking gratuito y una tasa única impositiva. Pero el hecho importante a destacar es que la librería aparece como un tipo de establecimiento de marcado carácter estructurador del propio barrio. A ver si por estas latitudes vamos haciendo algo semejante. Es por ello que el objetivo de reinventar la librería, siendo intrínsecamente difícil, nos pone ante el reto de hacerlo extremadamente fácil. En una ocasión le escuche a Valeriano Bozal decir que a las librerías le pasa como a los bares, cuantos más hay más venden. Recupero la frase de Lola Larrumbe (Librería Alberti): hacer libros es un arte pero venderlos es un milagro.
http://www.expansion.com/2008/04/21/empresas/1114492.html

El fúnebre cierre de librerías en Madrid


El fúnebre cierre de librerías en Madrid

2 DE DICIEMBRE DE 2012

Julián Sauquillo

Cartel conmemorativo del Día de las Librerías 2012, que se celebró el pasado vienes, 30 de noviembre. / diadelaslibrerias.es
Hace cerca de veinte años, en París, unos jóvenes mexicanos de clase media y alta, mexicanos bien situados en los centros universitarios de aquel país hermano, celebraban a España como el “paraíso del papel”.  Tanto elogio era más que apreciable al venir de los nietos de aquel mestizaje ilustrado de republicanos españoles y mejicanos, solidarios con la desgracia española, que fundó Fondo de Cultura Económica. Una editorial de referencia en todo el mundo de habla española sobre cuyo sello editorial mi amigoHéctor Subirats, exdirector del Fondo, se ocupó de desmentir esa anécdota frecuente que atribuye a una gran errata que se llamará así en vez de Fondo de Cultura Ecuménica. Aquel comentario tan elogioso de nuestra empresa editorial coincidió con el derrumbe económico de la editorial Bruguera y la salida de su catálogo como libros de lance a un precio de saldo. Pero, entonces, la fortaleza de editoriales como Alianza Editorial, Edicions 62, Alfaguara, Tecnos, Anagrama, Seix Barral, Visor o Hiperión  formaban una constelación de papel bibliográfico admirable. Ya desde el comienzo de la transición, mi generación –la que ha superado tranquilamente los cincuenta– comenzaba a formarse la biblioteca privada, a pie de obra, como el mayor orgullo personal. Habíamos experimentado que pasear con Confieso que he vivido (1974), de Pablo Neruda abría mundos de ensueño y, a veces, placeres físicos con las amigas. Aquel libro era un paralelepípedo mágico donde se narraba cómo el poeta rescató a algunos republicanos a la deriva con un barco. Mucho tiempo después, escuché de Jorge Edwards, en una cena privada, que los jóvenes poetas chilenos se referían a este afrodisiaco intelectual de mi generación como Confieso que he bebido, algo desmitificadoramente.
Las grandes editoriales eran impulsadas por brillantes editores, antes que nada formidables lectores, como Carlos BarralPere GimferrerJavier PraderaMario MuchnikManuel GarridoPepe Esteban… y sus ediciones brillaban en librerías de leyenda: Antonio Machado, Visor, Rafael Alberti, El Tragaluz, Méndez, Hiperión, La Librería de Mujeres, El Buscón, Fondo de Cultura Económica, Fuentetaja, Rumor, La Regenta,… Todavía en los años setenta, entrar a las librerías inquietaba a un sector de la población que no se había familiarizado con estos espacios tranquilos. Los asociaba a la gran cultura reservada para otros. El Círculo de Lectores llamaba a las puertas de los domicilios para ofrecer una compra mediante encargo de la revista del mes y hacía una difusión popular del libro admirable. El pasado miércoles 21 de noviembre, el Círculo de Lectores-Galaxia Gutemberg homenajeaba a Javier Pradera, uno de los grandes escritores, en su etapa de comunista crítico, que abrió la revisión del marxismo aún antes que Fernando Claudín y Jorge Semprún, con su abandono del partido. Quedó clara la dimensión intelectual de un hombre que aunó personas de muy diferentes ideologías y donó múltiples ideas en vez de atender, por encima de todo, a su obra como tantas fabriles hormigas académicas.
Ahora coincide el cierre de múltiples librerías –Hiperión, El Bandido Doblemente Armado, El Tragaluz, Rumor, La Regenta…–, algunas con más de treinta años de existencia, y un frenesí editorial de publicaciones, patrocinado también por pequeñas editoriales jóvenes –errata naturae, Nórdica, Capitán Swing, El Acantilado,…– mezclado con la fundación de pequeñas librerías: La Fugitiva, Tipos Infames, El Traidor, La Marabunta, La Buena Vida-Café del Libro,… con un pronóstico reservado. Se trata de toda una huida hacia delante. A pesar de constituir ambientes apropiados a la lectura, la reflexión y la tertulia, las nuevas librerías no reúnen el dinamismo comercial que sería esperable de lugares tan deliciosos. Las pequeñas librerías han acusado el bajonazo económico en las compras públicas por la red de bibliotecas de la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid. Hasta el 2010, se daban las compras necesarias para que subsistieran, pero llevan dos años de sequía absoluta de compras públicas. Ni la clase media (menguante) ni el profesorado (precario) compran suficientemente. Se ha retraído enormemente la venta en las librerías universitarias y han comenzado los ERE en este servicio imprescindible.
De las ventas de libros de segunda mano y antiguos mejor no hablamos. Las dos ferias del libro viejo y de ocasión que se celebran anualmente en Madrid son un profundo fracaso de ventas. Las librerías de libro antiguo y de ocasión se sostienen gracias a algún buscador con servicio de correos para facilitar el libro encontrado, dentro o fuera de la provincia del lector que afronta los gastos de envío –fundamentalmente, Iberlibro. Los libreros antiguos están haciendo un esfuerzo de permanencia horaria inmenso para captar clientela suficiente. Es una labor de ensanchamiento horario de empresas familiares que ya se observaba en la ciudad librera por antonomasia: Buenos Aires. No es que a algún porteño le sea necesario el libro de Lacanprologado por Oscar Masota para conciliar el sueño en plena madrugada, es que se pillan más despistados y caprichosos compradores si no se cierra ni por la noche. La necesidad hace virtud librera en las espléndidas tiendas de segunda mano de las calle Corrientes y Santa Fe de la capital argentina. Aquí, con una clase media menos amiga del libro que la argentina, va a tener que suceder un milagro para que no sean los grandes almacenes o las grandes extensiones de libros –La Central, FNAC y la Casa del Libro- las proveedoras del libro en régimen de oligopolio. ¿O tendremos que volver a la edición del libro por suscripción, a casi cien años de la publicación del Ulyses (1922) de Joyce por Shakespeare & Company en París?
http://www.cuartopoder.es/soldeinvierno/el-funebre-cierre-de-librerias-en-madrid/2849