viernes, 22 de mayo de 2009

Librerías de Viejo

Texto: Felipe Solís

Para todos aquellos que sufrimos la desmesurada fiebre por la compra y el coleccionismo de libros, la vetusta ciudad de México ha sido un verdadero paraíso por la abundancia y variedad de negocios dedicados a la venta de libros usados, los cuales tienen en ocasiones una procedencia oscura e inenarrable; en ellos se entretejen historias que esconden pleitos de herencia, robos, angustias económicas y otras mucha anécdotas, que dan por resultado el que nuestros viejos amigos, los libros de segunda mano, aparezcan en el mercado una y otra vez.

Ya con anterioridad algunos estudiosos han hecho importantes publicaciones como Ia de Libros y libreros en Ia ciudad de México que nos relata especialmente Ia empresa de editar y vender estos vehículos de cultura, especialmente en Ia época colonial; así también, hay quien nos describe a los libreros anticuarios, Ia categoría más alta y sofisticada de los comerciantes de libros de segunda mano, quienes por sus conocimientos y especialización se dedican al tráfico de ediciones raras y valiosas que alcanzan precios estratosféricos.

Pero en esta ocasión centraremos nuestra atención en los sencillos vendedores de libros usados, de viejo o de segunda mano, los que con orgullo y dedicación, diariamente o en Ias ventas semanales y dominicales, ofrecen toda su mercancía a los curiosos e interesados.

Nuestra experiencia personal se remonta a mediados de este siglo, cuando existían en Ia ciudad de México numerosos vendedores de libros usados que tenían su ubicación especialmente en el Centro Histórico; algunos de ellos nos relatan cómo sus antecesores ejercían su oficio en el desaparecido Mercado deI exVolador, en el espacio que hoy ocupa el edificio de Ia Suprema Corte de Justicia, adonde los había trasladado el gobierno de Ia ciudad, después que desapareciera el terrible Parían que afeaba la Plaza Mayor de Ia urbe.

Fue don Fernando Rodríguez-presidente por años de Ia unión de libreros-, que tenía su negocio en una vivienda de Ia calle de Mesones núm. 129, en una extraordinaria vecindad deI siglo XVIII, quien nos introdujo en el fascinante mundo del libro de segunda mano. ÉI nos fue guiando sobre el significado de Ias "primeras ediciones", de Ias "ediciones numeradas", de los empastados en cuero con dorados y repujados; fue también quien nos mostró aquellas joyas que tenían Ia dedicatoria deI autor o los que conservaban los exLibris de algunos de sus dueños anteriores. Los diálogos conformaron un curso que duró varios años, y durante él aprendimos Ias cosas básicas y más importantes que debe saber todo buen coleccionista de libros que, al final de cuentas, termina por ser un apasionado buscador de ediciones de todos los tiempos.

Por aquellos años, los recorridos incluían, durante Ia semana, además deI local de don Fernando, Ia visita a Ia antigua librería deI exVolador y junto a ésta Ia deI señor Navarro, ambas ubicadas en Ia calle de Seminario; en sus vitrinas siempre se localizaban maravillosas ediciones de arte accesibles para el público en general. Con el señor Navarro, lo interesante consistía en transponer los escaparates de su negocio. En sus bodegas, con una enorme dedicación, este personaje tenía minares de publicaciones sabiamente ordenadas alfabéticamente o por tema; su conocimiento de Ias ediciones no tenía límite; como buen especialista, en cada una de Ias publicaciones anotaba a mano características e importancia de Ias mismas.

Otro lugar que no podía faltar era el local deI licenciado Francisco Álvarez Orihuela, quien ofrecía un rico fondo bibliográfico especializado en arqueología e historia de México, destacando Ias ediciones clásicas, como Ias de Covarrubias, Caso, Bernal y otros pilares de nuestra especialidad. En Ia calle de República de Venezuela, don Modesto Caamaño tenía además publicaciones periódicas de todo género, ofrecía mapas y cartas geográficas de magnífica calidad como las de la Comisión Geográfica Exploradora de México. En su librería, los sábados en las tardes se organizaban tertulias en las que se hablaba de todo género de información, tanto deportiva como bibliográfica.

De camino al establecimiento del señor Vélez, que por algún tiempo estuvo casi enfrente de la antigua Cámara de Diputados en la calle de Allende y que después se pasó a República de Cuba, era obligado visitar primero la librería de “La Historia”, y cerca de ahí la que fuera de don Ángel Pola, que si bien no se dedicaba a los libros usados, como originalmente editara a los autores liberales deI siglo XIX, constituía un maravilloso establecimiento frente a Ia Plaza de Santo Domingo; todos sus libreros y anaqueles fueron construidos ex profeso en aquella centuria, con entaIladuras magníficas; debe decirse que como de plano su mercancía ya no tenía demanda de actualidad y el vendedor era deI tiempo de Ias ediciones, casi uno podría pensar que todo lo que ahí se vendía era de viejo.

Así, para culminar Ia aventura en búsqueda de nuevos trofeos para nuestra acariciada colección, era obligada Ia visita a Ia librería "Los Clásicos", negocio de don Amado Vélez, quien acompañado de sus hijos daba atención esmerada a su público cada vez más familiar, ya que a quien se convertía en cliente consuetudinario, además de encontrar siempre algo que adquirir por su rareza e importancia, le despertaba el deseo por descifrar el significado de Ias claves en letras y números mar cados por ellos al final de los libros, y que contenían el precio mínimo al que podía llegar el comprador en el obligado regateo por Ia mercancía.

Tanto don Amado como Toño, ofrecían gran variedad en ediciones y temas, de tal manera que médicos, abogados, botánicos, geógrafos, historiadores y toda Ia fauna de afanosos buscadores y curiosos encontraban en este local publicaciones que satisfacían hasta al más ampuloso de los demandantes. Con los Vélez, nuestra biblioteca creció notablemente, ya que en los lejanos años sesenta, había libros en mesas que valían desde un peso -de aquellos que sí valían. Cuando se trataba de joyas bibliográficas debía entablarse un sabroso regateo que concluía siempre con Ia obtención de una preciada pieza de colección.

Naturalmente que quien no tuviera el tiempo y Ia dedicación necesaria para hacer el devoto recorrido por Ias librerías que hemos mencionado, así como por muchas otras que existían entonces -como Ia Otelo en Puente de Alvarado-, debía esperar al domingo para acudir festivamente al gran mercado de La Lagunilla, en donde existía, y por fortuna existe en nuestros días, una sección especial dedicada a Ia venta de libros. Hasta Ia década de los años ochenta, muy destacados libreros de viejo tenían su puesto en este mercado dominical, desde los ya mayores como don Fernando Rodríguez y don Ubaldo López hasta los jóvenes vendedores, quienes ofrecían lo más granado de su mercancía a conocedores y aficionados.

Ahí vimos y conocimos afamados bibliómanos como el doctor Ignacio Bernal, quien enfrentaba verdaderas batallas verbales hasta lograr que el vendedor dejara el libro anhelado en un precio sensato; conocimos por primera vez al vehemente coleccionista de libros y otras chucherías, Carlos Monsiváis; Guillermo Tovar era aún un chiquillo cuando ya compraba sus libros en La Lagunilla. Muchas eran Ias caras conocidas que recorrían afanosamente Ios diferentes puestos de este mercado dominguero, y quienes con satisfacción encontraban alguna de Ias joyas por años esperada y que al final de cuentas pasaría a formar parte de sus bibliotecas. Hay que decir con franqueza que en eI pasado, practicar eI delicioso arte de Ia compra de Iibros antiguos era una actividad que podían realizar hasta los estudiantes de escasos recursos, ya que Ios precios eran razonables, además de que, en efecto, tanto Ias Iibrerías de usado como Ios puestos de La Lagunilla soIían ser auténticos paraísos donde Ios bibliómanos, Ios aficionados, Ios recién contagiados del virus deI coleccionismo, así como dos o tres despistados podían descubrir tesoros de Ia bibliografía mexicana e internacional, joyas de edición rara y curiosa o simplemente ediciones agotadas.

Hoy día, por fortuna, Ia ciudad de México sigue siendo un campo fértil para el negocio de los libros de segunda mano. Si bien muchas librerías han desaparecido y viejos amigos han emprendido el obligado camino de Ia oscuridad que marca el fin de nuestros días, es cierto también que los descendientes de estos libreros continúan con el negocio, y para comprobarlo simplemente hay que recorrer uno de los tramos de Ia calle de Donceles, donde los hermanos López Casillas poseen importantes negocios con mercancía de toda calidad, al igual que Ia calle de Cuba, en donde Toño Vélez se encarga ahora de "Los Clásicos”.

Debe mencionarse, además, que con el tiempo, algunas librerías de segunda mano han rebasado los límites del Centro Histórico; así, en diversas colonias como Santa Maria Ia Rivera, Ia Roma y aun en Ia lejana Calzada de Tlalpan, existen locales que ofrecen Ia preciada mercancía; igualmente surgen nuevos libreros anticuarios, como don Enrique Fuentes Castilla de Ia librería Madero, que eligen aquellas piezas de colección y saben procurarse una distinguida clientela que aprecia en lo que vale esta casta de conocedores de tan especializada actividad: Ia venta de Ias joyas bibliográficas.

Fuente: México en el Tiempo No. 11 febrero-marzo 1996
Fuente y referencia http://www.mexicodesconocido.com.mx/notas/5336-Librer%EDas-de-viejo