domingo, 27 de octubre de 2013

El escondite de los libreros

Ciudad de México • Pocos conocen dónde está; más aún, poquísimos saben lo que ha pasado en el interior de este espacio mágico donde unos 10 mil libros aguardan pacientes como el vino que madura en una cava oscura, hasta que alguien lo descorcha, lo olfatea y lo paladea. Todavía menos conocen sus tesoros: aquel gran volumen en hermosos forros en piel verde engaña al neófito visitante; la joya permanece escondida, quizá, entre un dios fálico o debajo de aquella cama que invita al sueño de la literatura; quizá ya se haya ido y pase mucho tiempo para poseer el tan deseado volumen.
En esta librería no se piden recomendaciones, eso es como echarle ácido en la piel a Max Ramos, un joven librero que ahora se sienta frente a un gran y brillante escritorio de caoba. Este “buitre de los libros” dice que los títulos llegan solos, que te tropiezas con ellos sin que haya necesidad de leer siquiera una reseña. Dar con un libro es como encontrar un buen amante, y asegura que “en el transcurso de la vida te vas a encontrar un montón de malos amantes y de libros, pero el buen lector se hace de buenas y malas lecturas”.
El BurrOculto es un lugar para encontrar excelentes amantes, un lugar que en solo seis años se ha convertido en un espacio mítico y de culto por el que transitan los bibliófilos más puros de la Ciudad de México y del extranjero en busca de sus rarezas. Pero a sus estantes no se puede llegar como a cualquier librería de viejo, aquí se entra como a un lujoso prostíbulo, por invitación y por una llamada que anuncie la visita del curioso lector que en busca de un extraño título ha iniciado un pesado y ansioso recorrido. Éste, seguramente, será el último lugar para quien indaga entre la historia y los libros antiguos.
PACIENTE OFICIO
Frente a una hermosa ventana de madera de vidrios de colores, por la que se filtra una apacible luz de verano, Max dice que en el oficio del librero escuchar y observar a los clientes es fundamental. Desde que inició, hace 14 años, con el negocio de los libros de viejo en la librería El Hallazgo en la colonia Condesa, ha pasado horas tratando de entender a quienes hurgan por los títulos como ratones de biblioteca.
Max asegura que el librero tiene que saber, primero, que así como hay gente que busca cantinas, hay gente que busca libros. A esos que pagan literalmente cualquier precio por un raro ejemplar de Baudelaire, un libro crepuscular de Cernuda o un primer ejemplar de El laberinto de la soledad, no hay que engañarlos, dice que hay que entenderlos. Observar cómo el cliente no deja de ver el material, con qué intensidad lo analizan es fundamental en este oficio, el cual es totalmente autodidacta y cada vez parece tener menos aprendices por el acelerado ritmo de nuestros tiempos.
Al recorrer las habitaciones impregnadas de un olor a madera y ese tan especial aroma a libros antiguos del BurrOculto, Max acepta que muchas veces se equivocó al vender un libro, que cuando empezó no sabía que tenía verdaderas joyas.
“Yo me inicié vendiendo revistas porno en la Facultad de Filosofía y Letras, donde estudiaba teatro”, cuenta mientras el grito de un vendedor de gas se mezcla con el ladrido de un perro en el corredor del edificio donde se ubica la sui géneris librería. En 1992, durante un recorrido por Tepito, donde se surtía de material para sus compañeros y clientes, una persona le dijo que tenía unas cajas con libros viejos, que si los quería se los regalaba pero bajo la condición de llevárselas todas. Max aceptó y hasta abusó de la oferta al pedirle al hombre que le prestara para el taxi porque no traía dinero para pagarlo; el hombre aceptó a regañadientes en espera de que regresara a pagárselo.
Emocionado, al llegar a su casa Max abrió ansioso una de las cajas. Se encontró, primero, con unos informes de precampaña de López Portillo empastados que lo desanimaron al no tener valor alguno; no obstante, debajo de ellos, en la siguiente capa, halló la famosa Colección Crisol de Águilar empastada en piel, libros de los cuales había volúmenes repetidos. El joven estudiante se había hecho de una verdadera joya, los duplicados los vendió entre sus maestros y compañeros a muy buen precio.
Al regresar a Tepito a pagar su deuda del taxi y en busca de más material, el hombre que le había regalado las cajas le dijo que ya se había dado cuenta de qué tipo de libros le había regalado, que se trataba de títulos de gran valor y que la siguiente entrega ya se la iba a cobrar; por el resto, que era material similar, pagó 100 pesos.
Pero su suerte no terminó ahí. En una ocasión, una compañera de la Facultad —que sabía de su creciente afición por los libros— le dijo que quería regalarle toda una biblioteca, que había pertenecido a su abuelo filósofo, porque ya no sabían qué hacer con tantos libros. Ella le preguntó cuándo podía ir a su casa por el material, él quiso trasladarse de inmediato; sin embargo, la chica lo paró en seco y le dijo: “Es toda una librería. Necesitas un camión”. Unos días más tarde consiguió uno de redilas y entre caliche y restos de grava movió la primera parte de los ocho mil libros que recibió de esa excelente colección.
Así, Max Ramos aprendió que el librero es una especie de fustigador, una persona que muchas veces se considera envuelta en un oficio romántico, pero que se le presenta la oportunidad de poseer libros de gran valor a bajo costo a causa de la necesidad del otro. “A veces somos como bestias sedientas del desierto. Pueden pasar muchos meses sin que te llegue algo interesante, pero de repente cae algo importante y listo, hay negocio”, afirma.
LO QUE QUIERAS
Max sirve café sobre la hermosa taza de porcelana china. En el escritorio hay una marioneta de madera. Al fondo del salón, una inquietante puerta giratoria pintada por un veracruzano con personajes fantásticos, permanece entreabierta. Así es este espacio creado no solo para la venta de libros, sino para el recreo de la mente a través de la palabra, para relajarse en uno de los confortables sillones mientras se bebe lentamente una taza de café, o hasta para discutir y acordar la venta de un libro entre un hombre y una chica a cambio de sexo sobre la cama que hace las veces de librero. Quizá esto último se trate de un relato imaginario, una anécdota más de este maravilloso lugar, o quizá no.

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