domingo, 19 de abril de 2009

Una Familia de libreros

Guillermo Cordero García



Asomarse a una de las historias que están detrás de las librerías de viejo, es hacerlo también a la manera en que se hacen los gremios de trabajo. Cuando uno se asoma a la historia de las librerías de viejo, a la manera en que se han multiplicado en el transcurso de unas cuantas décadas, es inevitable sentir orgullo por los beneficios sociales de la educación. Como nos cuenta en estas líneas nuestro entrevistado Fermín López Casillas, en el transcurso de dos generaciones su familia ha tenido que adaptarse a una clientela cada vez más variada y creciente. De ahí que lo que se iniciara como un puesto ambulante se ha transformado en un importante número de librerías, donde la gente común y corriente encuentra una fuente económica de información y esparcimiento a partir de los libros.

¿De dónde vienen las librerías de viejo?
Todo empieza en el mercado dominical de La Lagunilla del centro histórico de la ciudad de México. Casi todos los libreros estábamos ahí. Sólo algunos tenían librería, porque en ese entonces no había necesidad de ponerlas. En todo caso tenían locales muy pequeños o, de plano, se establecían en las entradas de las vecindades o los edificios.

Nosotros pertenecíamos a una organización que fundó mi padre: la Unión de Libreros de México. Creo que todavía existe. Se formó para que los dejaran colocar sus puestos, ya que en ese entonces estaba prohibido vender en la vía pública.

El lugar de reunión de libreros y anticuarios eran las calles de Argentina, Paraguay y Haití, aunque también en Tepito ponían sus libros. No obstante, hubo conflictos y se formó la organización para decirle al regente de la ciudad que estaban vendiendo cultura y, por lo tanto, se les debía permitir quedarse donde estaban. Así surgió lo que hoy es La Lagunilla. Ya cuando inauguraron el mercado en Rayón, Allende y Comonfort, los trasladaron.

Mi papá aprendió el negocio de uno de los hermanos de mi mamá, con el que trabajó. Ellos llevaban 10 años yendo a vender a La Lagunilla. Puso su propia librería en 1945; era casi como una bodega, porque la venta era los domingos: de ahí sacaba el gasto de toda la semana, pero tenía sus sacrificios.

¿Sacrificios?
Había una regla inquebrantable en la familia: todos los hijos varones teníamos que ayudarle en el trabajo a mi papá desde que entrábamos a la primaria y mientras viviéramos en su casa. Los sábados nos decía qué libros guardar en cajas para llevarlos; los domingos acomodarlos en las mesas, cuidar que no se los robaran y dar precios; los lunes ponerlos de vuelta en los libreros de la tienda.

Odiábamos La Lagunilla por tener que ir los domingos. El día para estar con tus cuates, jugar la cascarita o lo que sea, nosotros teníamos que trabajar. Por eso ninguno de los hijos chicos quería ser librero y entramos tardíamente al negocio; no a los 18 años como mi hermano Ubaldo.

Yo estudié etno-historia, uno de mis hermanos es sociólogo, otro matemático, otro psicólogo, y así también mis hermanas. Todos estudiamos una carrera profesional; pero, ya ves, igual nos atrajo más el libro: desde niños aprendimos, estuvimos pegados a ellos.

¿Por qué hay una calle de librerías de viejo?
Mi hermano Ubaldo inició en 1968 porque había un local bastante bueno en Donceles número 79, en el barrio universitario. Aunque los estudiantes ya se habían ido a CU, a cuadra y media está la librería Porrúa que atrae mucha gente.

Uno de mis tíos fue el que lo encontró pero, como era bastante grande para él solo, le propuso a mi mamá que abrieran una librería entre los dos. Partieron el local, ella se quedó con el pequeño y se encargó Ubaldo. Ésa, la librería Selecta, fue la primera por parte de los hermanos, aunque ahí ya había otras: la México, por ejemplo, que lleva más de 70 años.

Los chicos comenzamos en 1975 en la calle de Baja California, de la colonia Roma. Mi papá rentó una casa que tenía un localito comercial y ahí estuvo. Duró 5 años porque ya estábamos aburridos: como era de la casa la atendíamos todos, pero a la vez nadie.

En 1985 puse otra con mi hermano Francisco ahí cerca: en Durango número 12. Como la de Ubaldo, ya era independiente de mi papá; pero vino el temblor: se cayó la SECOFI, toda la zona, y se disminuyeron terriblemente las ventas porque no había gente.

Un año después nos unimos todos los chicos. Nos venimos al centro y juntos abrimos una librería en la calle de Perú, pero era muy mal local. La dejamos y nos fuimos a Palmas. Después rentamos en Donceles 74, luego se desocupó en frente el número 75, más tarde nos traspasaron uno bastante grande en el 78 y después el 74. Entre 1988 y 1991 abrimos El mercader del libro, La Librería de viejo, Los hermanos de la hoja y, al final, El laberinto.


¿Se hereda este negocio?
No necesariamente. Hay muchos libreros que se hacen porque les gusta leer, venden sus libros para comprar otros y un día se meten de lleno al negocio.

En nuestro caso viene familia. Viéndolo a la distancia todo sucedió muy rápido: mis tíos, mi papá, mis primos, mis hermanos, mis sobrinos, los hijos de mis primos y hasta 2 cuñados nos hemos dedicado a esto. Como es un negocio que deja para vivir, los herederos empiezan a poner librerías.

Pero “herederos” es un decir: nuestros padres no nos dejaron dinero. Nosotros sólo aprendimos de los libros y crecimos con ellos. Ahora ya con carrera profesional y criterio para elegir a qué nos queremos dedicar, hemos vuelto a lo mismo que iniciaron nuestros tíos de parte de mi mamá.

No obstante, hay que recordar lo que hizo mi padre: aunque empezó después que ellos su puesto. llegó a ser el más visitado en La Lagunilla. Ahí se juntaban domingo a domingo todos los intelectuales de la época: Ignacio Bernal, León Portilla, los dos Caso, Martín Quirarte, Rubén Bonifaz.

Cuando mi papá compraba una buena biblioteca les hablaba por teléfono y siempre que vendía un libro súper exclusivo le daba un beso antes de que se fuera. Me llamaba para que yo también se lo diera: “Mi papá tan exagerado”, decía yo. Pero ahora que le tengo gran aprecio a los libros antiguos, me cuesta mucho trabajo deshacerme de ellos. A mi papá, no: siempre terminaba vendiendo hasta los que me regalaba diciendo que ya llegarían otros. Él era así.

Referencia:

http://sepiensa.org.mx/contenidos/2006/s_libreriasdeviejo/5familia/p1.html

1 comentario:

Gonzalo Ramos Aranda dijo...

LIBRERIA DE VIEJO

“Se vuelve lo más deseado, el hallazgo . . . inesperado.”

Librería de viejo,
la de aroma añejo,
librería de usado,
del tiempo pasado.

Frecuentes visitas,
todas exquisitas,
lugar fascinante,
misterio constante.

Pisar laberinto
del saber, . . . recinto,
encapsulamiento
del conocimiento.

Como en docta gruta,
emprender la ruta,
seguir el camino
de nuestro destino.

Andar callejones,
recorrer secciones,
vagar por pasillos,
estrechos corrillos.

Vivencia, existir,
mundano sentir,
vitrinas, estantes,
sorpresas bastantes.

Mirar ejemplares,
goces oculares,
bellos empastados,
folletos gastados.

Observar impresos,
volúmenes viejos,
textos incunables,
todos invaluables.

Colecciones serias,
las enciclopedias,
ex libris, cultura,
el arte es ventura.

Curioseando vibro,
¡bendito es el libro!,
en manos delicia,
táctil la caricia.

Hojeando las obras,
la vida recobras,
nostalgia, emoción,
late el corazón.

Clásico adorado,
descatalogado,
revistas añosas,
esperan ansiosas.

¿Estudiar tú gustas
las biblias vetustas?,
esas más antiguas,
hoy, están exiguas.

Leyendo, no pecas,
joyas, bibliotecas,
de papel alhajas.
tu ser agasajas.

Precio, poco importa,
su edición te aporta,
sapiencia, instrucción,
sabia educación.

Librero anticuario,
arca, relicario,
que asilas los saldos,
opacados, gualdos.

Bodegas, tapanco,
Cliente digno, franco,
de segunda mano,
Mercader, hermano.

Repudio a lo injusto,
el trato más justo.
alma reconcilia,
tomos, bibliofilia.

Preservar el rito,
lo demás . . . es mito,
¡hábito, fiel tradición,
el hallazgo de ocasión!

Autor: Lic. Gonzalo Ramos Aranda
México, D. F., a 14 de marzo del 2006
Dedicado al Sr. Fermín López Casillas
Reg. SEP Indautor No. 03-2007-082112003600-14