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Ricardo Villalobos nos cuenta que su interés por los libros es relacionado con la edición e impresión, motivo por el cual decidió abrir una librería de usado en la calle Matamoros que tiene el servicio de renovación y encuadernación para libros.
Liberia Taller
Ya que su librería es muy pequeña nos comenta que trata de tener un material selecto, especializado generalmente en ingenierías, libros antiguos y rarezas literarias.
Teniendo una curiosa manera adorna la estantería de su librería con motivos y antigüedades que va adoptando con el paso del tiempo, generando un ambiente muy particular y único.
En la actualidad es la única librería que cuenta con este tipo de servicios en el estado.
El horario de la librería es de 10:00 am a 20:30 pm de Lunes a Sábado y de 10:00 am a 15:00 pm en Domingo.
Da el servicio de reparación y encuadernación a escuelas y privados.
Pueden visitarla en la calle Matamoros 106 A. Centro. Aguascalientes. Ags.
Del blog http://directorioculturalags.blogspot.mx/2017/10/la-cucara.html?m=1
El día en el que los mexicanos hicieron cola para rescatar sus libros
Carlos Torres
Cuando Nicolás Casillas empezó a vender libros en el mercado de La Lagunilla no tenía ni idea de que fundaría una de las sagas de libreros más longevas del DF. Él sólo era un gran lector que quería rescatar sus novelas del fuego al que los había condenado su madre después de un juicio doméstico. De aquella condena y sus viajes posteriores al mercadillo para salvar su colección de literatura surgió una librería en la que entró a trabajar su cuñado, Ubaldo López Barrientos. Selva Hérnandez, la nieta de Ubaldo, es una de las dueñas de ‘A través del espejo, la librería de Álvaro Obregón que el martes 19 a las 13:14 de la tarde sufrió los estragos del sismo. En sólo un minuto, el rigor del terremoto echó por tierra el trabajo de dos años. La sección más afectada de la librería fue la de autores hispanoamericanos, tan lejos de los anglosajones y tan cerca del suelo. Desde esa hora, Selva no se ha quitado el delantal de faena y trabaja para poder devolverle la normalidad a su local: ‘Tenemos más de 120.000 ejemplares aquí, los estantes se cayeron unos encima de otros y muchos se destruyeron’, dice mientras advierte a los clientes que, si alguna pila de libros se tambalea, lo más importante es que pongan a salvo sus vidas.
Por suerte, los catorce trabajadores de la red de librerías la de la familia no sufrieron ningún daño durante el terremoto y trabajan a destajo desde el martes para que todo vuelva a su sitio. Muchos de ellos ordenan libros por el día y se marchan como brigadistas durante la noche. Esta semana no han sobrado manos en la Ciudad de México y, aún así, la librería ha recibido muchos voluntarios para prestar su servicio. ‘Recibimos una ayuda muy bonita de una legión de adolescentes que vinieron a traernos tortas y café y a ayudarnos con los libros´, cuenta Selva desde la puerta de la librería. Los adolescentes eran los amigos de su hija Greta, la bisnieta de Uberto y cuarta generación de una familia que ha crecido entre el olor de páginas amarillas y mercadillos de viejo. Greta se mueve con energía entre las estanterías, atiende a los clientes, canta los precios y busca los juguetes que ha recogido para donar a los albergues de niños. No es la primera vez que ve a su madre preocuparse por el género derrumbado porque, en abril, un fallo en la planificación de la carpintería causó un efecto dominó en las estanterías de ´La increíble´, su local de la calle Jalapa, y ya pasaron por esto.
‘Estoy harta de que se me caigan las librerías’, dice Selva Hernández, la patrona de la jungla de letras que hoy está tirada en el suelo. Por eso se le ocurrió hacer un llamamiento a través de las redes sociales para que los habitantes del DF le ayudaran a rescatar los libros damnificados por el temblor. Los ejemplares que se cayeron y están en el piso valen 10 pesos, apenas 50 céntimos de euro. “Estamos vendiendo libros baratos para poder recomponernos antes. Es mejor venderlos que tener que tirarlos”, dice Jaime Hernández, el padre de Selva que regenta Ático, una librería situada justo en el local de al lado y al que la sección de narrativa le provocó una avalancha que derrumbó varios estantes.
Los mexicanos han respondido a la llamada y hoy la cola de clientes dispuestos a ayudarles a salir del embrollo daba la vuelta a la esquina de la siguiente cuadra. ‘Estamos desbordados con la respuesta’, asegura Selva mientras su hija Greta hace pasar a la gente en turnos y les explica que tienen veinte minutos para llevarse un cupo máximo de quince libros. Apenas a quinientos metros de aquí, los rescatistas siguen su pelea contra el tiempo para encontrar alguien con vida. En Álvaro Obregón 286 una pancarta recuerda que “En el 85 hubo sobrevivientes hasta quince días después. La prisa la tiene el gobierno no el pueblo”. Un pueblo que al séptimo día del temblor no se permite ningún descanso y sale a la calle para ordenar el tráfico, cocinar tamales para los voluntarios, desescombrar edificios, detener la maquinaria pesada que amenaza con irrumpir en los derrumbes, adoptar a mascotas que se han quedado sin dueños, asistir a las familias que aguardan en la orilla de la calle a que la marea de rumores le traiga por fin buenas noticias y rescatar libros para apuntalar un México que a pesar de todo no sabe rendirse. “Nuestra librería siempre ha sido un oasis en mitad del caos del tráfico del DF y queremos que en momentos así lo siga siendo. Comprar libros puede ser una terapia”, dice Selva. Una terapia que parece que funciona porque en la cola de su puerta florecen por fin algunas sonrisas. Dentro, Jaime se afana en recolocar género mientras Greta vuelve a hacer pasar a otro turno de clientes porque qué otra cosa puede hacer estos días un miembro de una familia que se ha dedicado generación tras generación a la tarea de salvar libros.
Tomado de https://liquidoweb.wordpress.com/2017/09/25/el-dia-en-el-que-los-mexicanos-hicieron-cola-para-rescatar-sus-libros/amp/
en Democultura/Literatura por Ricardo Ruiz de la Serna “Que otros se jacten de las páginas que han escrito;/ a mí me enorgullecen las que he leído”.Jorge Luis Borges
comenzaba así su famosísimo poema “Un lector”, que es el penúltimo del
poemario “Elogio de la sombra”. Este argentino prodigioso, que tanto
amaba la lectura, se quedó ciego y, en una “magnífica ironía” que
atribuyó a Dios, ocupó el cargo de director de la Biblioteca Nacional de
Argentina de forma que le fueron dados, a la vez, “los libros y la
noche”. Uno puede imaginarlo tocando los volúmenes y esperando una voz
amiga que se los leyese.
Una biblioteca puede albergar una suerte de paraíso. Por lo pronto, es una reunión de amigos. Ya lo escribió Quevedo: “Retirado
en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, /
vivo en conversación con los difuntos, / y escucho con mis ojos a los
muertos”. Tras su caída en desgracia y su retiro de la vida
pública, Maquiavelo se vestía con sus mejores galas para leer a Tito
Livio y evocar las glorias de la República romana. No debería, por tanto, minusvalorarse el cuidado que un lector le debe a su biblioteca.
De lo contrario, invertirá tiempo, espacio y dinero en una acumulación
de libros que lo sumirá en la tristeza y el desaliento que sufrió
Aureliano, el teólogo, porque –de nuevo Borges– “como todo poseedor de una biblioteca, Aureliano se sabía culpable de no conocerla hasta el fin”.
Por supuesto, como advirtió Ricardo de Bury, autor del “Filobiblion”, obispo de Durham y canciller de Inglaterra, “los
libros deben comprarse siempre salvo en dos casos: que se trate de
«salir al paso de la malicia del vendedor» o que «se espere una ocasión
más propicia para comprarlo»”. Fuera de estos supuestos, uno debe hacer bueno el mandato del libro de los Proverbios 23, 23: “compra verdad y no la vendas”. Queda, pues, dicho que los libros, en general, han de adquirirse sin ceder a la tentación de soluciones poco piadosas que no se mencionarán aquí.
Por eso, los bibliófilos sabemos la deuda de gratitud que un lector
tiene con su librero. Al contrario de lo que muchos creen, uno bueno no
tratará de vender cualquier libro, sino que buscará aquel que su cliente
necesita. No exagero con el verbo. La mayor inversión de este
profesional no es la venta inmediata o circunstancial, sino la
biblioteca que ese buscador de libros está construyendo. Por supuesto,
también puede rendir un gran servicio al comprador ocasional que busca
algo para regalar o necesita consejo. Ambos pueden confiar más en el
parecer de un buen librero que en centenares de opiniones de
desconocidos en internet. No digo que éstas no deban atenderse –algunas
críticas pueden ser valiosas, fundadas y aun profesionales— pero sí sostengo que un librero puede hacerse imprescindible.
Sin él, las novedades podrían pasar desapercibidas, los tesoros
seguirían ocultos y el lector perdería descubrimientos notables que
exigen horas de fatigar los catálogos editoriales.
Una biblioteca puede ser la tarea de una vida. Felipe II, un rey
humanista cuya biblioteca fue admiración del mundo, enviaba emisarios
por toda Europa para comprar libros. Atendía personalmente algunas de
las adquisiciones. Por ejemplo, en 1543, en Valencia, se pagaron, según
sus órdenes, ciento cuarenta y cuatro maravedíes por un Corán. No
entraré ahora en el contenido fabuloso de su colección. Baste señalar
que hubiese sido imposible concebirla sin los libreros.
Por eso, yo suelo recomendar a los jóvenes que comiencen a trabajar
en su biblioteca personal y que frecuenten y cultiven la amistad de los
libreros. Stefan Zweig describió, en “Mendel, el de los libros”, el arquetipo de este aliado poderoso de lectores y bibliófilos: “Realmente,
se trataba de una enciclopedia, de un catálogo universal sobre dos
piernas […] Jakob Mendel, aquel judío de Galitzia, pequeño, comprimido,
envuelto en su barba y además jorobado, era un titán de la memoria […]
Conocía cada planta, cada estrella del cosmos perpetuamente sacudido y
siempre agitado del universo de los libros. Sabía de cada materia más
que los expertos. Dominaba las bibliotecas mejor que los bibliotecarios.
Conocía de memoria los fondos de la mayoría de las casas comerciales,
mejor que sus propietarios […]”. Aún quedan libreros que conservan
el espíritu de Jakob Mendel y lo han adaptado a un tiempo nuevo
preservando las esencias de un oficio antiquísimo.
Por supuesto, hay libreros de nuevo y libreros de viejo y todos deben
ser cultivados. Algunos reciben catálogos de editoriales inimaginables y
de ediciones casi clandestinas, pero maravillosas. Otros compran fondos
procedentes de herencias y disponen de personas que, como Lucas Corso,
pueden hallar lo inencontrable. Tal vez ignoren el paradero de un libro,
pero tienen el teléfono de quien lo sabe y eso es lo que importa. Solo
un lector conoce la desazón de no encontrar la obra que necesita -no nos
engañemos, la necesita– cuando ha descubierto un autor
luminoso. No tengo nada contra los buscadores on-line, pero un Mendel es
imprescindible si uno quiere crear algo que valga la pena y sólo las
cosas que valen la pena deberían interesarnos.
Una biblioteca encierra, también la cartografía de una vida: los
libros que nos adentraron en la literatura o la ciencia, los iniciáticos
y los malditos, los que nos consolaron en tiempos de desdicha o nos
salvaron en medio de las dificultades. Hay páginas y versos que uno atesora para dar razón de lo que hacía mientras esperaba a quien se ama.
Hay textos que nos guían cuando no encontramos la salida. Hay citas que
esgrimimos no para que los fanáticos piensen como nosotros, sino para
no terminar pensando como ellos. Gracias a los libreros, el viaje de
nuestra vida, como quiso Cavafis, estará lleno de aventuras y de
conocimientos.
Hace
unos cuantos días lo platicaba con mi jefe: Las Librerías de Viejo a lo largo
del país están en crisis: En su mayoría están en números rojos y, sino lo
están, cosa extraordinaria, viven al día.
Hace
poco cerró una de las más grandes librerías de la calle Donceles en la Ciudad
de México: El Mercader. Este hecho tuvo gran impacto sobre todos los libreros
de la zona. Es cuando esos miedos sobre la posible situación de cierre total de
las Librerías de Viejo, se hizo tan real y tácito.
Hablo
sobre la experiencia que tuve en Librerías de Viejo. He visitado las librerías
de la Calle Donceles (CDMX) y las librerías de la Calle Matamoros
(Aguascalientes) y hay una diferencia abismal entre ambas calles y las
librerías que las rodean.
Las
librerías en Donceles se muestran altivas y la mayoría de sus libreros no
tienen las ganas de querer atender a un cliente como se lo merece. Se puede
entender que los Libreros principales estén cansados, pero eso no justifica el
hecho de que sus trabajadores sean déspotas ante el hecho de sentirse
superiores a un lector o un mero cliente que está en búsqueda de un libro que
simplemente no ha encontrado en las librerías convencionales.
Uno
de los principales trabajos de un librero, y también uno de sus principales
objetivos, es hacer que el lector evolucione con las palabras. Que vaya
adquiriendo mayor cultura. Que dejen de avanzar en línea recta y comiencen a
serpentear en medio del camino; pero es irónico el hecho de querer hacer
evolucionar al individuo o a la población entera, cuando el mismo librero se
queda estancado en los libreros llenos de polvo y en el romanticismo que exhala
lo antiguo.
Retomando
el punto del ser déspota, en estas eras, el privilegio de llamarse “Librero De
Viejo” tal parece que se remite al hecho de sentirse superior a los demás. Se
ha ido perdiendo contacto con el cliente. El atender de manera correcta y se va
en búsqueda del villano perfecto para justificar las bajas ventas: El internet;
pero nos remitimos a lo mismo: Se culpa al internet tanto, pero los mismo
libreros actuales se han inmiscuido tanto en el internet para el uso personal,
que el cliente ha pasado a segundo plano.
Otro
de los puntos es el precio: El libro es de segunda mano. Ya ha pasado por manos
y por lectores antes y no se puede ofertar a un precio de nuevo. Se supone que
debemos de traspasar la cultura, pero al elevar los precios y al ofrecerlos
como productos nuevos, censuramos la cultura y empujamos al cliente y al lector
en potencia a que busque en librerías convencionales o de tiendas departamentales.
Es importante: No por ser viejo tiene que ser caro.
Una
de las cosas más importantes que he ido recogiendo a lo largo de estos casi dos
años trabajando en Bibliofilia y de las palabras de mi jefe, son las peleas que
los libreros siguen acarreando entre ellos desde su fundación hasta la fecha.
¿Cómo se espera que Centros de Cultura (Como lo son las librerías) permanezcan
vigentes si no hay unión. El Librero y la Librería son un individuo y, cómo se
plantea en la Teoría Sintética de la Evolución, los individuos no son los que
evolucionan, sino las poblaciones. Los individuos mueren, mientras las
poblaciones prevalecen. Es el claro ejemplo de esta situación: La librería
morirá al ser un simple individuo y sino se adapta, tal y como Darwin propuso,
la misma naturaleza, en este caso los clientes, la desechará.
Los
Libreros de viejo no pueden esperar que un cliente se adapte a ellos. Es todo
lo contrario: Los libreros deben de adaptarse y unirse.
Podemos
culpar a los insuficientes programas de cultura y fomento a la lectura por
parte del gobierno, pero si se siente la fuerza para quejarse, se tiene la
fuerza para hacer algo, retomar el curso de acción y evolucionar.
Así
que, aunque culpes a todo tipo de situaciones, la culpa mayor recae en ti,
Librero de Viejo, que no se despega del polvo y se monta sobre ediciones de
tapa dura para ver de forma altiva a los clientes.
Así
que es momento de bajarse de esas enciclopedias Salvat y dejar de lado al
Gustavo Adolfo Bécquer romanticista y centrarse en difundir la cultura y
sobrevivir económicamente.
Fotografía del 13 de marzo de 2017 del librero mexicano Ignacio Olguín Romero, quien posa en su librería de Mérida (México). Auténticas "pepitas de oro" para avezados cazadores literarios, los libros antiguos o de viejo también adquieren protagonismo en la Feria Internacional de la Lectura de Yucatán (FILEY) que se desarrolla en la ciudad mexicana de Mérida. "Tuve un libro firmado por (León) Trosky para el presidente (Lázaro) Cárdenas (1934-1940)", dice orgulloso Olguín, de 60 años, sobre este mercado que ya forma parte de las tradiciones urbanas de México. EFE/ARCHIVO
Auténticas "pepitas de oro" para avezados cazadores literarios, los libros antiguos o de viejo también adquieren protagonismo en la Feria Internacional de la Lectura de Yucatán (FILEY) que se desarrolla en la ciudad mexicana de Mérida.
"Tuve un libro firmado por (León) Trosky para el presidente (Lázaro) Cárdenas (1934-1940)", dice orgulloso el librero mexicano Ignacio Olguín, de 60 años, sobre este mercado que ya forma parte de las tradiciones urbanas de México.
Estas librerías de viejo, un mundo donde los libros son los que parecen escoger a los lectores y no al revés, son una tradición en grandes urbes y sitios de visita para coleccionistas y buscadores de primeras ediciones o libros firmados por sus autores.
Entre las mejores ventas de Olguín sobresale una primera edición de un libro del poeta mexicano Octavio Paz, premio nobel de Literatura 1990, que además estaba dedicado, cuenta a Efe mientras ofrece libros a los visitantes de la feria.
"Es como encontrarse una pepita de oro entre el barro", relata sobre su experiencia a lo largo de veinte años como anticuario del mundo editorial.
Los clientes buscan hasta que, de pronto, "ven una joya, algo invaluable, un libro firmado, una primera edición, alguno dedicado a una persona en especial", apunta.
"Después de encontrar una obra que se considera importante, tenemos que esperar al cliente que está en su busca. Los libros se ofrecen", no es igual que busquen "a que vayan a la caza de uno especial", aclara.
El precio de un libro con estas características puede ser superior al original, como ocurre con los dos tomos de "Lecturas mexicanas para niños", que cuatro décadas después de haber sido editados Olguín cotizó en 350 pesos (poco más de 18 dólares).
"Hay primeras ediciones, libros firmados, libros del siglo XIX, es una variedad de títulos que tenemos especiales", comenta Olguín, quien antes de ser anticuario tuvo una etapa como ingeniero agrónomo.
Para cotizar un libro, Olguín toma en cuenta el estado físico del mismo, el año de edición, el autor, el tiraje, entre otros factores.
Este librero dejó su local de Guadalajara, en el occidente de México, para instalarse esta semana con otros compañeros en Mérida con una oferta de 6.000 títulos en la llamada Feria del Libro Usado y Antiguo (FLUYA).
Su llegada a la FILEY se dio hace cuatro años con la Universidad de Guadalajara, que entonces fue invitada, y ese mismo año el grupo logró un acuerdo para regresar.
"Somos cuatro compañeros de Guadalajara y nos dedicamos al libro usado, antiguo, raro, fuera de catálogo y primeras ediciones", explica.
En sus mesas de exhibición se ven las desgastadas pastas de piel de una edición de la "Historia verdadera de la conquista de la Nueva España", del cronista español Bernal Díaz del Castillo, que fue publicada en la décadas de los setenta del siglo pasado.
FLUYA ofrece un libro sobre Cristóbal Colón con portada de madera y que tiene más de 30 años de antigüedad y una primera edición de 1948 de "Canek", del escritor, ensayista y dramaturgo mexicano Ermilo Abreu Gómez (1894-1971), que se nota desgastada.
La exhibición de este grupo de libreros contrasta con la oferta de casas editoriales que presentan en la FILEY lo más reciente de su catálogo de obras para iniciar un recorrido que, con los años, terminará en una vieja bodega de libros antiguos.