martes, 29 de marzo de 2011

Carta a un librero mexicano


Renovarse o, definitivamente, morir

Por Heriberto Yépez

Estimado César, agradezco tu carta, sobre todo porque nos da un pre-texto para dialogar acerca del futuro del libro que, como apuntas, es un tema que he venido discutiendo en mi columna en el suplemento Laberinto del diario Milenio durante este 2010. Te agradezco tu carta y tu franqueza. Corresponderé en el mismo tono amistoso y directo de tu misiva electrónica.
Dices que sugiero “la extinción de las librerías tradicionales en México”. Así es. También sugiero la extinción de la literatura mexicana tradicional, las editoriales tradicionales y los programastradicionales de Conaculta y la Secretaría de Educación Pública. Nada tradicional funciona. Las tradiciones mantienen fijo lo que debe renovarse cada generación.
Hablas de que poseo una “fascinación … por la tecnología”. Sólo te recuerdo que el libro también es una tecnología. El libro también sale de máquinas. No me interesan las nuevas tecnologías sino las nuevas sociedades que las tecnologías pueden ayudar a construir.
Defender el libro como hoy lo conocemos es creer que un producto moderno es una Idea Platónica. No hay que permitir que el libro se vuelva un ídolo.
Concuerdo con el librero mexicano es “romántico, incluso los virtuales”, y que en México “los libreros no hemos cumplido con un servicio eficiente, de calidad”.
Los libreros mexicanos no tienen interés en hacer negocios.
Decenas de ocasiones he solicitado libros a libreros mexicanos, ya sea por e-mail, teléfono o en persona. No responden. Ni siquiera para decir que no se pudo. Su servicio es pésimo.
Los libreros de usado, por ejemplo, han sido incapaces de autorganizarse.
Como el gobierno no los ha organizado —el gobierno no tiene ningún interés en el libro usado—, no han formado redes para apoyarse mutuamente.
Te daré un ejemplo. Cada librería de viejo podría tener en su caja un folleto (de costo bajísimo, tres o cuatro hojas dobladas y engrapadas) con el que los clientes puedan conocer qué otras librerías de viejo existen en esa ciudad, sus domicilios (mapa incluido), teléfono, e-mail, horario y breve descripción del tipo de libro que venden.
No conozco una sola ciudad mexicana donde los libreros se hayan coordinado para facilitarle al lector local o turista un directorio de librerías. Si hoy viajo a Guadalajara tengo que averiguar con cuatro o cinco amigos dónde están las librerías de viejo. No hay sitio de Internet que me lo diga. Ni en ninguna librería de viejo hay información de las otras librerías de la ciudad. La propia gente en Guadalajara no sabe dónde están sus librerías. Eso es responsabilidad de los propios libreros.
Los libreros desconocen cómo funcionan los lectores. Si yo te compro un libro a ti y me gusta, voy a comprar pronto otro libro a otro librero, y los clientes de ese librero, en poco tiempo, te comprarán un libro a ti. Cuando las librerías independientes se unen, se fortalecen. Aseguran que un lector se mantenga comprando libros.
En México el principal motivo del fracaso de las librerías es que no les interesa hacer negocios. Prefieren ser románticos. Sentir que son víctimas de la maldita sociedad, en lugar de asumir su parte de la responsabilidad y, sobre todo, actualizarse.
Un médico, un profesor o un ingeniero que no se actualizan prácticamente cometen un delito o, al menos, son una vergüenza, pero ¿por qué los escritores y los libreros se creen con el privilegio de poder seguir haciendo las cosas como las han hecho “siempre”?
Daré otro ejemplo. Los empleados de las librerías mexicanas son ignorantes, comenzando por los de Gandhi. En general, no saben atender al cliente; hacerle sugerencias o darle espacio para que conozca los libros. Los empleados de las librerías casi nunca saben de libros, ¡es como si en un restaurante los empleados nada supieran de comida!
Además, por otra parte, entrar a una librería mexicana es como entrar a un museo. Y no necesariamente por las obras anticuadas que ahí se encuentran sino porque vagar ahí es, sobre todo, ser vigilado. Si piensan que algunos de sus clientes van a robarles libros, ¡inviertan en un sistema de seguridad a la entrada!
Suban sus títulos a Internet. Ya estamos en el siglo XXI.
Suban sus títulos, pongan un e-mail y revísenlo diario, denles varios métodos de pago (depósito bancario, Paypal, tarjeta de crédito con seguridad blindada, etc.) y hagan los envíos a tiempo y con métodos confiables.
No hay librerías mexicanas virtuales visibles ni una red entre ellas.
Si alguien quiere comprar un libro mexicano por Internet —y son muchísimas personas las que viven en ciudades sin librerías— tiene que, una de dos, o quedarse con las ganas, indagar si Gandhi de casualidad los posee (y el catálogo electrónico de Gandhi es pésimo) o, si tienen los medios, comprárselo a libreros estadounidenses que se han tomado el tiempo de subir personalmente el título, descripción del estado de conservación y precio de todos sus libros, y cada vez que venden lo sacan de Internet y actualizan las novedades. A sabiendas de que estamos en tiempos difíciles para el libro, esos libreros dan un servicio buenísimo, confiable, amable y de precio, generalmente, razonable, competitivo. Para mí es más fácil comprar libros nacionales en otro país que aquí mismo. Eso es responsabilidad de los libreros. Ni el gobierno ni los lectores son responsables de esta falta de visión y acción real de los libreros mexicanos.
No jodan, ¡hagan una página de Internet en donde si yo pongo un título o autor me dice en que librería de viejo en México me pueden vender este título! ¿De verdad necesitan cinco siglos más para poder levantarse de sus sillas y hacer bien su trabajo?
¿Por qué no pueden los libreros mexicanos vender libros por Internet? Porque les da flojera. No quieren buscar técnicos que les hagan páginas, aprender a manejar ese sistema, no quieren tener que ir a una paquetería a enviar los libros ni revisar si ya se hicieron depósitos. Todo eso les parece engorroso. Prefieren esperar que los clientes entren, por sí mismos, a su librería.
Libreros mexicanos, siento decirles que cada vez menos personas van a entrar a sus locales.
Las nuevas generaciones están leyendo menos en papel.
Pero observa la visión que tienes de tus clientes: “los lectores que señalas, ese que ya está listo, que ya están hechos, como si fueran réplicas del Hombre Bicentenario, ¿son los mismos que someten y propalan su ego en las redes sociales, permanecen en el chacoteo sin fruto, malabaristas de la imagen y el texto, y que no hacen sino tasajear y pegar cuanta ‘información’ se les cruza?”
Hermano, sí son los mismos. ¡Son tus clientes! Estoy de acuerdo en que la humanidad está compuesta, mayoritariamente, de pendejos. Pero precisamente el trabajo de los libreros es ayudar a que la estupidez disminuya y, al mismo tiempo, hacer buenos negocios. Si un librero mexicano vende libros por Internet y otorga un servicio de primera calidad, haría dinero, lo cual aseguraría que tuviera cada vez mejores títulos en venta, tuviera clientes que constantemente le encargaríamos libros, se corriera la voz de su servicio rápido, eficiente y a buen precio.
Hoy somos clientes de Gandhi o Sanborns porque no nos queda otra. Pero los lectores estamos descontentos con su variedad de títulos.
Estoy de acuerdo con el precio único pero lo que necesito es variedad de títulos.
¡Manden boletines electrónicos de sus mejores libros o novedades en venta! ¿De verdad esperan que tenga que viajar a su ciudad o cruzar, al menos, varios kilómetros de la mía, para ir, una por una, averiguando si algo nuevo les ha llegado?
Alegas que “la insuficiencia de toda librería, grande o pequeña, obedece a que los lectores está siendo encantados por otras realidades. Los lectores tradicionales son los que van muriendo, y no creo que una buena parte de ellos hayan emigrado a internet”.
Disculpa, César, pero una buena parte de los lectores tradicionales han emigrado a Internet.
Y los nuevos lectores, los que nacieron con Internet, menos aún están interesados en las magras librerías mexicanas. Si quieres darles lección de moral y recriminarles su estupidez, está bien, pero si quieren que sean tus clientes, adáptate a ellos. Y tu negocio prosperará. Los libreros son comerciantes, ¿no? ¿O no sólo no quieren aceptar que viven en el siglo XXI sino que tampoco quieren aceptar que son comerciantes?
¿O será que son herederos, sin saberlo, de funciones bíblicas, en donde el libro es concebido como un objeto raro, inmutable, de difícil acceso y que debe “cuidarse” y hace “diferente” (superior…) a quien lo posee y guarda?
Dices que “urgen verdaderos programas de gobierno, municipal o federal, que rescaten a todo lector potencial, que no lo dejen morir atrapado en las redes de aztecos o televisos”.
¡Pero la solución no está en el gobierno! Está en los ciudadanos. Por ejemplo, en libreros. Cuando en un país inclusive los escritores y libreros creemos que la solución únicamente puede venir del gobierno, entonces, ese país…
En esto último, te doy toda la razón: “El país no requiere libreros momificados que se sienten a deshojar la margarita (congresos con bostezos incluidos), somos también actores sociales, y por nuestras manos pasa algo más que papel impreso: pasa el conocimiento, somos responsables del desarrollo de una comunidad. Algunos libreros apenas empiezan a deletrear y entender el significado de la palabra tecnología. Otros ni siquiera lo han advertido. Urge que los libreros, no nada más los editores, se reinventen,que busquen la solución para potenciar y rescatar librerías”.
La solución ya la conocemos todos: diversidad de títulos —desde best-sellers hasta libros especializados—; entren al mercado de Internet, den un estupendo servicio, traten bien a sus clientes, organización gremial-ciudadana, actualización y diversificación de servicios.
Haz un club de lectura, aunque haya semanas en que no vaya nadie, ten paciencia, irá creciendo, habla con los estudiantes, no los mires como pendejos eternos, edúcalos amablemente, si tú eres un librero es que eres un maestro potencial de las generaciones actuales y venideras, asume tu responsabilidad, relaciónate con los escritores locales, aunque no te guste su obra, invítalos a hablar de sus libros, aunque sea pequeña —una librería tiene éxito si se vuelve espacio cultural y de convivencia social—, no todos los lectores tiene que leer filosofía compleja, hay lectores para quienes una librería es una oportunidad de conocer a otra persona, socializar, salir de su monotonía o soledad, también ellos son importantes, no hay que despreciar a ningún tipo de lector, y que una librería esté abierta al mundo, a su calle, colonia, delegación, ciudad, país y planeta, aunque afuera se escuchen las patrullas y la miseria ronde todas nuestras calles, hay que abandonar las ideas viejas y reinventar, como bien dices, la forma en que tratamos al libro.
Los libros, en cierta medida, nacieron para ayudar a esclavizar a hombres y mujeres a ideas fijas y establecer diferencias entre los individuos, clases y culturas. Hay que terminar de sacudirle ese pasado al libro.
Los libros quieren volar. Pero su antiguo papel les está pesando. Hay que inventar un libro libre. ¿Libre de qué? De nosotros, porque un libro no es está hecho de páginas sino, primordialmente, de todas las relaciones sociales que ese objeto pre-texta. ®
Esta es la carta del librero:
Estimado Heriberto:
Desde hace un par de semanas, de acuerdo al tono apocalíptico de tus textos, parece que lo que tu sugieres es la extinción de las librerías tradicionales en México. Reconozco tu fascinación que tienes por la tecnología, pero la era digital será una realidad, en este país, en la medida que salga de su bache económico. Esto, lo sabemos, va a durar decenas de años.
Es cierto, los libreros somos, por antonomasia, románticos, incluso los virtuales. No se diga capitalistas. Pero entiende que nuestro modus vivendi es hacer que estas maquinas de pensar encuentren a su lector feliz, ya lo dijo Zaid. Bien o mal, hacemos lo posible por posibilitar este encuentro.
Agradecemos tu advertencia, como quien advierte a los pobladores de una playa, del tsunami que se acerca.
Tus comentarios son una reacción, o tal vez un reproche, porque seguro que los libreros no hemos cumplido con un servicio eficiente, de calidad. Muy cierto, pero el blindaje de los pequeños libreros es muy limitado, aspiramos a brindar un mejor servicio, pero a diferencia de las cadenas de librerías (en este país toda cadena librera es sinónimo de supervivencia), nuestros recursos económicos son limitados. Nos acompaña, eso sí, más la pasión por los libros que la solvencia económica.
Toda empresa librera es un barco ebrio en este mar de lectura llamado México. Aún más: el mar se está secando. Los lectores se agotan, cada vez más se reducen. Los pocos lectores típicos que permanecen no son legión, y por estos pocos lectores es que nos esforzamos, y estamos dispuestos a dar la batalla.
Asumo que los libreros, los reales y leales, los comprometidos y no los empresarios que sólo ven números, son los que también se están acabando. La escuela de libreros que prometieron hace dos años, es más que necesaria. De hecho, pienso que ahora tendrían que pensarle más sus promotores para crear generaciones de libreros digitales.
Más que un divorcio, entre lo impreso y lo digital, los futuros libreros debemos prepararnos en la medida que las bibliotecas, públicas y privadas, lo vienen haciendo desde hace años, en donde ya conviven los formatos electrónicos con los impresos.
He pensado e imaginado por mucho tiempo cómo serán los libreros en el futuro, y he imaginado no pocas veces esa utopía privada que describes. Quizás los libreros del futuro tengan un papel en la sociedad similar al de los bibliotecarios de hoy en día. Su labor tal vez sea almacenar, administrar, discriminar y hacer circular  textos electrónicos.
Pero ahora lo veo más claro. La utopía que planteas, y que más bien me parece un extracto de alguna novela futurista, no tiene lugar, de acuerdo a su etimología. Advierto que si llega ese momento, si se cumple ese sueño, entonces sí, ni tendría sentido que existieran más los libreros. Pues desde la comodidad de su hogar acaso no nada más sea el lector el editor de su propio libro. Aún más: será el propio impresor y librero.
Pero  será todo eso, y nos olvidamos de lo más esencial, su función primordial, el primer motor aristotélico: el sujeto lector. Quiero decir, ¿Cómo anhelar este salto cuántico, si los lectores que señalas, ese que ya está listo, que ya están hechos, como si fueran réplicas del Hombre Bicentenario, son los mismos que someten y propalan su ego en las redes sociales, permanecen en el chatcoteo sin fruto,  malabaristas de la imagen y el texto, y que no hacen sino tasajear y pegar cuanta “información” se les cruza?
No es excusa, pero la insuficiencia de toda librería, grande o pequeña, obedece a que los lectores está siendo encantados por otras realidades. Los lectores tradicionales son los que van muriendo, y no creo que una buena parte de ellos hayan emigrado a internet.
Urgen verdaderos programas de gobierno, municipal o federal, que rescaten a todo lector potencial, que no lo dejen morir atrapado en las redes de aztecos o televisos.
Urgen que los libreros discutan sobre su propio futuro, que no nada más presuman de ser hábiles negociadores y arrojen de vez en cuando alguna puntada, como aquel librero ya fenecido, que mucho mal le hizo al medio librero, al someter a todas la editoriales a su capricho comercial, y hacer que un sinnúmero de pequeñas librerías desaparecieran. Que por cierto, hoy en día los editores tratan de paliar su tremendo error con la imposición del dudoso precio fijo.
El país no requiere libreros momificados que se sienten a deshojar la margarita (congresos con bostezos incluidos), somos también actores sociales, y por nuestras manos pasa algo más que papel impreso: pasa el conocimiento, somos responsables del desarrollo de una comunidad. Algunos libreros apenas empiezan a deletrear y entender el significado de la palabra tecnología. Otros ni siquiera lo han advertido.
Urgen que los libreros, no nada más los editores, se reinventen, que busquen  la solución  para potenciar y rescatar librerías. Muchas veces he imaginado espacios como las tiendas comerciales que abundan en casi toda esquina, pero  que en vez de tanta bagatela fueran los libros los que se ofrecieran. Entonces sí, cómo la droga que refresca (Rius dixit), habremos encontrado la tan anhelada fórmula mágica.
—César Vargas, Librería Ítaca, Guadalajara.

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