- Falta de ventas y liquidez: Muchos entran al mundo del libro pensando que es un negocio rentable. Al no obtener los triunfos esperados, los fracasos monetarios se acumulan. Los gastos te persiguen, los créditos se vuelven insuficientes y la capacidad de endeudamiento te despierta del sueño para convertirlo en una pesadilla colmada de acreedores.
- Falta de lectores e interés: En México se leen apenas 3.9 libros físicos al año por habitante. Cuando el negocio deja de ser valorado, se pierde la pulsión para continuar en la cadena del libro. Incluso el intento de migrar a redes sociales y plataformas digitales suele arrojar ventas escasas o nulas.
- El peligro del romanticismo: Para los románticos, mantener una librería abierta es un sueño que no acaba hasta que la vida no da para más. Algunos anhelan como epitafio: "Murió en su librería", deseando que su mausoleo sean estantes llenos de incunables. ¡Mercaderes vanidosos! En ese romanticismo se les va la vida. El terreno digital está lleno de historias de espacios que bajaron la cortina; tal vez ya pocos recuerden a El Parnaso o La Espiral de Lulio. Muchos libreros fueron desalojados por la fuerza pública cuando los caseros se cansaron de largas para el pago de la renta.
- La crisis humana: Los colaboradores leales terminan alejándose por falta de pagos y prestaciones. Dejamos que el romanticismo disfrace lo que a veces roza la esclavitud hacia el libro y su concepto; sin embargo, siendo honestos, no existen contratos de esclavitud con el papel.
El ecosistema de las librerías de viejo también esconde sus sombras. ¿Cuántos establecimientos cerraron antes de 1997, cuando la era digital aún no lo registraba todo? Muchas librerías independientes murieron por las malas decisiones y la nula visión de sus directivos, como ocurrió con Computextos en la calle de Donceles.
El trato comercial ha cambiado drásticamente:
- En los años 80: En la Ciudad de México bastaba estar registrado como librería y papelería para que las editoriales te otorgaran descuento. Comprabas "en firme" y el riesgo era tuyo. Para las temporadas de libro de texto, si eras una empresa reconocida, te daban crédito a 30, 60 o 90 días sin derecho a devolución. En el país no pasábamos de los 100 establecimientos de este tipo.
- En los años 90: Llegaron las famosas consignaciones y las editoriales comenzaron a exigir exhibiciones preferentes. Al mismo tiempo, los supermercados introdujeron libros importados y saldos, rematando grandes obras. En esa época nadie —salvo el gobierno— hablaba de fomento a la lectura; el gremio resguardaba con misticismo el secreto de cómo operar el negocio. Al final, muchos saldos terminaban en librerías de viejo, con distribuidores o en ferias estatales, vendiendo como novedad lo que no llegaba al resto de México. El catálogo nacional apenas rozaba las 500 librerías.
- El siglo XXI y la era de la desconfianza: A inicios de los 2000 el panorama cambió. Para distribuir novedades, grupos como Santillana llegaron a solicitar escrituras de propiedad con un valor de dos a uno frente al crédito solicitado. Ellos mismos se dieron un tiro en el pie: su catálogo infantil era un excelente negocio, pero pocos podían acceder a tales niveles de exigencia.
Hacia 2010, las fusiones comerciales reacomodaron el mercado en cuatro grandes grupos editoriales. A las filiales se les impuso la política de imprimir únicamente lo que se vendía, matando la tradición literaria de sus fundadores. Se abandonaron catálogos variados como el de Editorial Diana, que publicaba corrientes diversas (un "tutti frutti" gracias al cual llegó a mis manos La comprensión de los medios como extensiones del hombre de Marshall McLuhan, o el curioso Proyectiles lunares, sondas y Megapersec).
Mientras Educal daba sus primeros pasos comerciales con sus 70 librerías, las casi 60 sucursales de Librerías de Cristal caían en picada debido a directivos que, alucinados por la mercadotecnia al estilo de Lee Iacocca, intentaban "venderle a la mente y no a la gente". Su modelo de austeridad limitó severamente las comisiones de gerentes y empleados, lo que provocó que el propio personal boicoteara los puntos de venta.
